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dolor

DOLOR

 

Duele esta oscuridad de calladas sombras,
duele, se enquista, forma una capa impermeable
de nocturna soledad sobre mi cuerpo tendido, postrado,
incapaz de mover los ojos para mirarla de frente,
para cuajar mis retinas con sus estrellas,
luces que reclaman esas miradas de tiempos ancestrales,
donde los versos las recorrían
haciendo sonar sus campanas invisibles
como finos acordes de viento.
Duele ser inmensamente diminuto en ese firmamento,
perdido en la negra atmósfera que me abraza y constriñe,
dejándome sin aliento, sin vida.
Duele saberse irremediablemente triste
cuando se apagan las luces de la memoria,
despacio, tarareando las canciones de nostalgia.

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Los ojos dejan huella

Los ojos dejan huella (Photo credit: Wikipedia)

ME DUELE AMAR

Se equivocaron nuestros ojos
cuando hablábamos del mar,
cuando el oleaje salado de los labios
barría las playas del recuerdo.
Tan cerca en la distancia.
Tan lejos entre los brazos.
Porque sabemos que las puertas de la razón
solo se abren hacia adentro
y las brújulas marinas
por donde rueda el invierno
nunca marcaran el norte perfecto,
ni señalaran las bocas
que hay detrás del último beso.
Se equivocaron nuestros ojos
derramando la arena de los días
al despertar del cuerpo enamorado.
Con la mano navego silencios
y no quiero amar,
me duele amar, me hace daño.
Digo basta.

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HERENCIA ESCOGIDA 91

Corazón de Sal 1

Corazón de Sal 1 (Photo credit: Corsario_Mexico)

DESTRUYE MI CORAZÓN

Destruye mi corazón soledad dura
roca dura, ligera,
                          afilado corte
                                       duro y añil,
mil serpientes rondan mi boca
y blasfeman voces duras
y comen
y mueren por mí.

Solo una pausa antes de la glotonería,
una muerte,
                         un no despertar,
                                        una conciencia inerte.
Solo un despedirse constante
un casi amar
una dura existencia.

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Frontispicio de los Anales de la Corona y Rein...

Image via Wikipedia

       Siempre he sido reacio en alabar los escritos de Arturo Pérez Reverte, pero esta vez me rindo y me siento homenajeado como aragonés por el. Quiero suscribir cada una de la opiniones que vierte en este artículo, y decirles a mis paisanos aragoneses que deben sentirse orgullosos de su tierra.

Aragón también existe. A pesar de la manipulación histórica de tantos timadores
y mangantes.

Que  sí,  hombre,  que  ya  era
hora. Que en toda esta lista de “los más vendidos”, en este
concurso inaudito  de  ignorancia, manipulación y mala fe a
la hora de reinventar la Historia, uno está hasta la línea de
flotación de oír siempre a los mismos, como si el resto hubiera oficiado de
comparsas en la murga.

Y  hete  aquí por fin que alguien reacciona como es debido,
y dice venga ya, y decide que ya es hora
de  poner  en  su  sitio  a
unos cuantos timadores y mangantes, de esos que les pagan pesebres a sus
historiadores  de plantilla para  que  descosan
y vuelvan a coser la historia a medida, y luego la meten
en los libros de texto y se montan unas películas que ya las hubiera querido
Samuel Bronston.

Eso  mientras  los  que saben se callan, porque
son unos mierdecillas, unos “vendidos”, o por el qué
dirán,  o  porque  les  interesa. Y de
ese modo terminamos viviendo en una España virtual, que no la
conoce ni la madre que la parió.

Así  que olé los huevos de Aragón, o de quien decidiera montar
la exposición Aragón, Reino y Corona,
que  no  sé  si  andará  por  alguna parte
ahora, pero que durante el mes de mayo estuvo abierta en Madrid.

En  toda  esa  mentecatez  de la que
hablaba antes -ahora resulta que existió un imperio catalán que
hasta  hace  cuatro  días  pasó
inexplicablemente  inadvertido  a  los  historiadores,  o  que los
irreductibles  vascos  nunca se mezclaron en las empresas
militares ni comerciales españolas- Aragón
había  estado  mucho tiempo callado, pese a tener muchas
cosas que decir, o que matizar, desde aquél
lejano  siglo  onceno  en  que  Ramiro  I,  contemporáneo
del Cid, sentaba las bases de un reino que abarcaría  Aragón,
Valencia, las Mallorcas, Barcelona, Sicilia, Cerdeña, Nápoles, Atenas,
Neopatria,
el  Rosellón  y  la Cerdaña, y terminó formando
la actual España en 1469, gracias al enlace entre su rey Fernando II de Aragón
e Isabel, reina de Castilla.

Ése  es el hecho cierto, y no lo cambian ni el mucho morro ni el
reescribir la Historia; incluido el
manejo  exclusivista  y  fraudulento  de las
famosas  barras que eran Senyal real no de un reino o
territorio,  sino  de una  familia o casa
reinante que, como matizó Pedro IV en el siglo XIV, tiene Aragón como título y
nombre principal.

Casa reinante que absorbió a la casa de Barcelona, extinguida
en  1150 por mutua conveniencia y deseo del titular de esta última,
el conde Ramón Berenguer; que al
casarse  con  Petronila,  hija  de  Ramiro el
Monje, rey de Aragón, adquirió como propio un linaje
superior,  pero  renunciando  al suyo, no
titulándose más que
princeps junto a  su esposa regina; de
modo  que  el  hijo  de  ambos,
ya con Barcelona incorporada a la corona, se tituló rey de Aragón, y nunca de
Cataluña.

Por suerte no todos los archivos han caído en manos de quien yo me sé
-tiemblo al pensar qué será de
ellos-,  y  aún  quedan  documentos donde
comprobar  lo  evidente.  Que, por cierto, en
cuanto a la propiedad histórica de las famosas barras, no está de más recordar
que en 1285 la crónica de Bernard Deslot precisaba
aquello de: «No pienso que galera o bajel o barco alguno intente navegar por el
mar sin salvoconducto  del  rey  de Aragon, sino
que tampoco creo que pez alguno pueda surcar las aguas marinas si no lleva en
su cola un escudo con la enseña del rey de Aragón.

Así  que cómo me alegro, oigan, de que aquel digno y viejo Aragón
olvidado, marginado, asfixiado por la  perra  política  de  este  perro  país,  aún
sea capaz de decir aquí estoy, desmintiendo a tanto
oportunista y a tanto manipulador y a tanto mercachifle.

Recordando  que  existió  una  corona  aragonesa
que constituyó el imperio más extenso del Occidente medieval,  donde,
bajo  su nombre y sus barras, Aragón, Cataluña y Valencia
compartieron aventuras,
comercio,  guerras  e  historia,  enriquecieron  sangres  y
lenguas  con  el latín, el catalán y el
castellano,
cartografiaron  el
mundo,  construyeron  naves,  pasearon  mercenarios  almogávares  y
dominaron  territorios  que luego aportaron a lo que
ahora  llamamos España, con la manifestación de
los  fueros  y libertades propios en aquella fórmula
tremenda, maravillosa y solemne: el si non, non heredado  de los antiguos
godos, mediante el cual los nobles aragoneses -que somos tanto como vos, y
juntos  más  que  vos-,  acataban  la  autoridad  del  rey  de
tú a tú, reconociéndolo sólo como “el principal entre los iguales”

Por  eso  son  buenas  estas
iniciativas y estas exposiciones y estas cosas. Son muy buenas, incluso
higiénicas;  y  me  sorprende  que,  como  antídoto
contra la manipulación y la desmemoria que están
convirtiendo este lugar llamado España en una piltrafa y en una casa de putas
insolidaria y estulta, no se les dediquen más esfuerzos, ocasiones y
dinero.”

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