Archive for the ‘CUENTOS’ Category

EL CONGUITO

EL CONGUITO

Es uno de esos recuerdos que se quedan marcados en tu pasado esperando reactivarse cuando el momento o la situación lo requiera. Hay pocas sensaciones tan angustiosas como la que se experimenta con la claustrofobia. Yo había tenido varias experiencias de quedarme encerrado en sitios pequeños y con mala ventilación, pero creo que superé esas pruebas con una buena nota

Era a comienzos de otoño de 1975. El frío no era excesivo pero delataba nuestra agitada respiración convirtiéndola en columnas de humo que ascendían desde nuestras bocas hasta el techo que formaban las frondosas ramas de los árboles. El teniente Jambrina, un guerrillero fibroso y duro estaba empeñado esta mañana en hacernos vomitar el desayuno de todo el mes. Su ritmo era agotador, llevábamos más de una hora trotando detrás de él por el parque del Oeste. La pequeña mochila de combate se nos clavaba en la espalda con cada zancada que dábamos, la boina verde toda cubierta de sudor recalentaba nuestras cabezas y los brazos, los teníamos completamente agarrotados por el peso del mosquetón. No dejaba de ser una situación un poco ridícula que llamaba la atención de los pocos locos que se aventuraban en el parque a las siete de la mañana.

Quisiera hacer una aclaración sobre el maravilloso fusil que utilizábamos para las tablas de combate y la instrucción de carrera con armamento. Era un Máuser de cerrojo que disponía de un cargador de peine con cinco disparos, se remontaba a finales de la guerra civil y habían sido retirados todos los cerrojos y peines con munición y su cañón estaba repleto de cemento para su inutilización como arma de tiro. El peso adicional que soportábamos después de correr tanto tiempo con el, convertía nuestros brazos en bloques tan duros como el cemento que llevaba en su interior.

Cuando el teniente se detuvo en un claro del parque, algunos compañeros respiraron aliviados pensando que lo más duro estaba superado. Que poco conocían al teniente Jambrina. Nos hizo formar y nos sometió al tercer grado de la instrucción táctica y física, flexiones, volteretas, saltos desde vehículos en marcha, defensa personal, tablas de combate y cuando nos tuvo bien maduros, nos anunció que hoy nos tocaba pasar la prueba de el conguito. Para los más nuevos la palabra les sonaba amable pero los que llevábamos algún tiempo, a pesar de no haberlo pasado, sabíamos la dureza del maldito agujero por nuestros veteranos.

Mientras el teniente preparaba la prueba, aproveché para sacarme la bota y comprobé que tenia toda la planta del pie llena de sangre, me quité los calcetines y aplique a mis plantas todo el yodo que llevaba en el botiquín individual. Utilice también las dos vendas que contenía para envolver mis maltrechos pies, después busqué en mi mochila un par de calcetines de algodón nuevos, que había metido para pasar la prueba del grosor, y me los puse ajustando mi bota sobre ellos.

La prueba del grosor, era una manera de evitar que las mochilas de combate estuvieran vacías cuando hacíamos ejercicio con ellas. El sargento Rando las comprobaba una a una estrujándolas y haciendo que pasaran por un aro metálico que teníamos en la compañía de unas dimensiones calculadas. Si algún guerrillero no pasaba la prueba del grosor el sargento Rando se cebaba con el llenando su mochila hasta reventar.

El teniente Jambrina se anudo la cuerda alrededor de la cintura y se lanzó dentro del agujero bajando por la caja de entrada de la tubería cargado con su mochila y un mosquetón. El conguito era un tubo de una anchura reducida por la que penosamente se podía arrastrar un hombre, media 1.650 metros de longitud y estaba hundido en la tierra a unos tres metros de profundidad. Disponía de dos cajas de acceso a ambos lados, cubiertas por unas tapas de alcantarilla. Cuando el teniente desapareció por la tubería, el sargento ató el otro extremo de la cuerda en el escalón y cerró la caja con la tapa metálica. Todos permanecimos en silencio contemplando la boca cerrada por donde debía de aparecer el teniente, el golpe seco nos sobresaltó a todos, uno de los mosquetones había caído sobre la tierra compacta resbalando de las manos de uno de los nuevos. Las miradas giraron al unísono buscando al culpable pero no se oyó ninguna palabra de recriminación. Nuestros ojos volvieron de nuevo a la tapa redonda sintiendo como el tiempo pasaba lentamente, deteniendo incluso el sonido del aire. El ruido del metal al ser golpeado, volvió a lanzar el ritmo de las cosas y a poner nuestros cuerpos en movimiento. El sargento destapó la salida del conguito, y por ella emergió el teniente Jambrina envuelto en una patina de sudor mezclada con tierra. Salió del pozo rechazando la ayuda que le tendía el sargento y lanzó su mosquetón con una mano, haciendo gala de su fuerza, hacia el guerrillero que tenia más cercano.

-¡Ahora vosotros!. Y no quiero que tardéis tanto tiempo como yo. –Dijo el teniente desatándose la cuerda de la cintura.

-Quítate la mochila e introdúcela delante de ti y la vas empujando con el mosquetón conforme gateas por la tubería. –Le iba explicando el sargento a un compañero de Navarra con la nariz chata y partida como los boxeadores mientras le anudaba la cuerda al cinturón.

La tapa volvió a cerrarse con un estruendo ensordecedor, y todos volvimos a guardar silencio esperando la salida del compañero. Esta vez, el sargento había pasado la cuerda por un agujero que tenia la tapa y la mantenía en tensión mirando como desaparecía poco a poco en el interior del conguito. Cuando habían transcurrido varios minutos, la cuerda se detuvo y ceso todo movimiento, todo ruido. Dos sacudidas violentas tiraron del sargento hacia la tapa metálica y a requerimiento suyo jalamos de la cuerda hasta sacar al navarro sin conocimiento del agujero. El navarro era un mocetón de un metro ochenta y cinco de altura y más de cien kilos de peso, con lo que nos costo bastante izarlo desde el fondo de la caja.

El teniente se aplicó a su recuperación mientras ordenaba al sargento:

-Venga el siguiente, quiero que pasen todos por el tubo. –Y continuo atendiendo al navarro.

El siguiente en el turno era yo, y mientras me anudaban la cuerda alrededor de la cintura las palabras del sargento eran gritos lejanos que apenas llegaban a mis oídos, me imaginé que me estaría diciendo los mismos consejos que utilizó con el navarro y me despoje de la mochila lanzándola dentro de la caja y bajando por los peldaños metálicos. Introduje la mochila en el tubo estrecho y oscuro y le di un primer empujón con el mosquetón. La tapa se cerro ensordeciendo mis oídos y dejando en tinieblas todo a mi alrededor, gatee hasta que mi cabeza tropezó con la mochila y volví a empujarla con el mosquetón. Mi cuerpo rompió a sudar y el aire penetraba con dificultad en mis pulmones, seguí gateando y empujando la mochila hasta que apenas pude levantar el mosquetón del suelo. Mi cara chorreaba sudor y la angustia empezó a atenazarme, busque a tientas la cuerda alrededor de mi cintura y sentí la tentación de tirar con fuerza de ella para que me sacaran de allí y poder respirar aire fresco. Parecía que llevaba horas arrastrándome por el estrecho tubo que comprimía mis hombros y me impedía mirar hacia atrás, a oscuras busque de nuevo la mochila para empujarla hacia delante, mi mano se apoyo encima de ella cediendo y permitiendo por el pequeño hueco que una claridad pasase hasta mí. Era el botiquín individual y los calcetines que había utilizado en la cura de mis pies, lo que al faltar había propiciado que el volumen de mi mochila fuese inferior al diámetro del conguito y así pudiera ver la claridad del otro lado. Todo cambio en ese momento, el gatear por el tubo empujando la mochila me pareció un juego de niños y aceleré mi marcha para acabar lo antes posible. Golpee dos veces fuertemente con el fusil la tapa metálica y al abrirse salí con el mosquetón en alto gritando como un energúmeno para liberar la tensión acumulada. Los compañeros riendo se acercaron a felicitarme por haber pasado la prueba, y yo mirando hacia donde estaba el teniente, vi al navarro más pequeño de lo que lo había visto en todo el tiempo que llevábamos juntos, y no pude festejar con alegría mi hazaña. En el fondo supe en aquel momento y todavía sé hoy que fui el único que no paso aquella prueba. Los demás compañeros fueron pasando uno a uno y algunos no lo consiguieron pero eso ya no tuvo ninguna importancia.

Años después, cuando fui yo el que corría al frente de la compañía por los montes de Colmenar Viejo, siempre era el primero en pasar el conguito, sin cuerda, y con la mochila repleta de sueños.

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EL TRATO ROTO

EL TRATO ROTO

         El sonido es idéntico al de la lluvia cuando percute en los toldos durante una tormenta de verano.

Marta llora con amargura, sin consuelo sobre la cuna de su hijo que duerme ajeno a su llanto. Sus lágrimas golpean la pequeña almohada en un compás monocorde, con un ritmo cadencioso que le adormecen los sentidos. Le resbalan desde los ojos tumefactos, cubiertos por unas gafas de cristales tintados que enmascaran su realidad. Ella no sabe porqué las lleva, se las puso un día, uno de tantos después de ser golpeada, quizás para no contemplarse en los espejos de la casa.

 

Esta vez se ha ensañado bien con ella, le esta costando más que otras recuperarse de la tremenda paliza que ha recibido. Tiene toda la cara hinchada y le sangra la boca por un diente que le ha partido, también ha perdido el pecho y no tiene leche para amamantar a su bebe, y el dolor de las costillas rotas le impide respirar y abrazarlo.

El muy cerdo se va de juerga todas las noches y se gasta el escaso dinero que tienen con sus amiguitas y después, cuando llega tambaleándose y apestando a licor, se desahoga golpeándola con rabia, pagando con ella todas sus frustraciones. Hace meses que no la toca ni para satisfacerse él, no quiere acostarse con ella, dice que le da asco su olor y su contacto.

Si tuviera valor, si el miedo no la atenazase de esta manera que la convierte en un ser asustadizo y débil, cogería a su hijito y se largaría lejos de él, dejándolo todo, perdiéndose en una ciudad pequeña donde nadie la conociese, donde poder empezar de nuevo.

Ella no es estúpida, y recuerda lo eficiente que era en su trabajo como secretaria de dirección y lo preparada que estaba. Hablaba y escribía con fluidez francés e ingles y en la fábrica de aislamientos térmicos estaba muy valorada.

Pero para qué darse falsas esperanzas, nunca reuniría ni una ínfima partícula de valor para enfrentarse a él, cada día que pasa se siente más débil, más sumisa y acepta sus vejaciones con resignación.

 

Pero no siempre su relación fue así, o es lo que ella se dice una y otra vez para auto convencerse. Todo se torció con los enfermizos celos de Pedro, la convenció de que Ismael, su jefe, sólo la trataba bien porque pretendía acostarse con ella. Todos los días tenían una discusión por ese tema, hasta que al final de tanto repetir las motivaciones, la mentira acabó pareciendo verdad y la duda se instaló en su mente obnubilando la razón y el sentido común. Empezó a ser grosera con Ismael y su relación laboral se resintió hasta tal punto que terminó por marcharse de la empresa donde meses antes se encontraba tan a gusto. Se despidió de su jefe con unas palabras que todavía le duelen en la garganta al recordarlas.

 

Pedro siempre había tenido muchos celos, pero esos celos se convirtieron en posesivos y violentos. Una vez estaban tomando café en una terraza de la plaza del Pilar, y de repente se lió a puñetazos con un joven de color que había enfrente, diciéndole que dejase de mirarle las piernas a ella. Otro día en un cine, tuvieron que irse a mitad de la película, porque se empeño en decir que el hombre que había al lado de ella le estaba tocando la pierna. Y luego acababa enfadándose con ella por negar los tocamientos que no habían existido, gritándole que le gustaba coquetear con todos.

Pero aún teniendo en cuenta sus celos acabo casándose con él, a pesar de la opinión de su madre que le decía que era un bruto y un maleducado.

 

Después de la boda su carácter fue empeorando día a día, y cuando ella se quedo embarazada, en vez de mostrar la alegría natural por ser padre, la recrimino por la falta de libertad que eso suponía y llego incluso a dudar de que el hijo fuera suyo, pues según él no había hecho nada por tenerlo.

Él empezó a salir con frecuencia y a venir bebido y cada día más tarde a casa. Comenzaron los gritos e insultos, y los golpes posteriores, casi parecieron una continuación lógica en el trayecto del desamor. Aprendió a vivir con esas bofetadas imprevistas durante todo el embarazo, y cuando dio a luz, sólo fue una vez a verlos al hospital. Cuando le dieron el alta, Marta lo disculpaba diciendo que no podía pedir tantas fiestas seguidas. Su padre, que los recogió a ella y al bebe en el hospital le decía: “Tú eres tonta hija mía”.

 

Su marido trabaja de cocinero en un gran hotel, y a pesar de ganar un buen sueldo, le escatima de manera tan ruin el dinero, que para llegar a fin de mes tiene que pedirle prestado a su madre poniendo mil y una excusas que la pobre mujer no se cree nunca. Ella llora por su hija, su nieto y por ese matrimonio que ve hundirse poco a poco en la infelicidad.

Lo que más le duele a Marta, por encima de las moraduras y las costillas rotas, es ver como Pedro la hace de menos y se gasta el escaso dinero bebiendo con otras mujeres.

Antonio, su vecino, que trabaja en la radio y quiere hacer un programa sobre mujeres maltratadas, cuando la ve por la escalera siempre le esta insistiendo que tiene que acabar con todo esto, que él la ayudara. Pero Marta se refugia en su casa y sigue llorando, su pecho seco le duele más que de los golpes de resignación, de soledad, de silencio sumiso.

 

Su risa ha sido más dolorosa que las repetidas patadas de Pedro clavándose en su pecho la noche anterior. Se lo ha soltado en la cara, la última amiguita de su marido sin parar de reírse, se lo ha dicho gritando, al tropezar en la fila del supermercado. La iba a dejar por ella, estaba esperando un hijo de Pedro.

“Beba despacio”, le dice el encargado del supermercado, “se ha dado un fuerte golpe en la cabeza al perder el conocimiento. Su hijo se encuentra bien, lo esta cuidando una de las cajeras que la conoce a usted”.

“Gracias”, acierta a decir Marta que se siente desnuda sin sus gafas. Nota todas las miradas de las clientas, que la observan cuchicheando entre ellas, apiadándose de la pobre mujer abandonada que tiene un ojo morado. No les daría la satisfacción de llorar, a la mierda con su pena.

 

Los gritos colonizan los oídos de los vecinos, ella le vomita en la cara, con toda la rabia y amargura contenida en estos años, lo del embarazo de su amiguita y Pedro sonriendo irónicamente, con esa risa chulesca que se le dibuja en los labios le cruza la cara con un golpe que tira a Marta en el suelo. Le grita que esta loca, que la va a matar a palos por estúpida, que no va ha tener ningún hijo con otra mujer pero que no le importaría tenerlo con cualquiera que no fuese ella.

La golpea salvajemente con la hebilla del cinturón, y le rompe el labio de un sonoro puñetazo que le estalla en la cabeza, con el mismo ruido del portazo que da Pedro cuando se va.

Se siente morir, oye el llanto de su hijo, que la llama, abriéndose paso entre la consciencia antes de volver a caer sobre el suelo de nuevo.

 

Antonio llama repetidamente a la puerta, preocupado por los gritos y el llanto continuo del bebe. El timbre reverbera en los oídos de Marta que abre tambaleándose y con la cara ensangrentada, todavía aturdida por el impresionante puñetazo que le ha partido la boca. El bebe, que instintivamente ha cogido para protegerlo, llora en sus brazos y tiene la carita llena de su sangre.

“Tienes que denunciarlo”, le dice Antonio mientras la sujeta por la cintura para impedir que se desplome en el suelo. “Esta situación no puede continuar, cualquier día ese animal te abrirá la cabeza y luego se emborrachara alardeando de ello”.

“No por favor”, le pide Marta entre sollozos, “si se entera que he ido a la policía me matara puedes estar seguro de ello, y después, hará lo mismo contigo”.

“No te preocupes por eso ahora”, le dice Antonio, “te acompañaré a la policía y luego te subirás a mi casa hasta que lo detengan”.

La continua insistencia, su voz suave y firme a un tiempo, la sensación de protección que tiene a su lado, acaba por vencer la resistencia de Marta. Lo escucha hablar, pero su voz llega filtrada por el dolor que le impide concentrarse en las palabras, lo oye como cuando sintoniza su emisora en la radio mientras hace las tareas de la casa, o se sienta a tomar un café como si estuviera él acompañándola.

 

El trayecto hasta la comisaría del barrio, transcurre en silencio, que tan sólo es roto a intervalos por el llanto adormilado del bebe. Una mujer policía le pide que pase a una sala con paredes de un verde aséptico y que se desnude mientras Antonio la espera con el niño en los brazos. Fotografía detenidamente cada rincón de su cuerpo cubierto por los moratones y las heridas de la hebilla del cinturón. Por el rostro de Marta, discurre una solitaria lágrima que corre veloz a perderse más debajo de sus senos, sin ninguna barrera que la empape en su camino. La agente, acariciándole el pelo, le pide que no se tape todavía, que el forense tiene que reconocerla. El pudor le impide mantener tan sólo unos segundos su mirada, mientras el médico masculla un hijoputa entre dientes cuando la reconoce.

 

Marta recoge sus escasas pertenencias y las de su bebe, seis años que ocupan un espacio insignificante en la maleta y en su corazón, y sube al piso de Antonio.

Cuando franquea la puerta, su cuerpo es ligero, siente que ha soltado las amarras que como a un Zeppelín la tenían sujeta e inmovilizada, ya no tiene esa sensación de sentir lastima por ella misma. Su bebe la sonríe y ella se da cuenta que no necesita nada más que un poco de amor para ser feliz.

 

Los golpes de la vajilla al romperse contra las paredes y los portazos de Pedro cuando descubre que ella no está al volver a casa, suben al piso de Antonio mezclados con los gritos de rabia y borrachera.

Marta llama a la policía y les cuenta el destrozo que esta haciendo en la casa. Que amenaza con prenderle fuego con todos los vecinos dentro de ella.

Los agentes detienen a Pedro después de un duro forcejeo en el que una de las guardias, resulta herida con unas tijeras clavadas en el pecho.

Pedro grita mientras se lo llevan esposado a la comisaría. Grita contra todas las mujeres del mundo porque son unas putas y no merecen vivir. Grita que piensa matar a Marta y a cualquier otra que se ponga en su camino. Él hará justicia.

 

Marta baja a su piso y un agente le entrega las llaves que le han quitado a Pedro. Ella contempla el piso donde parece que se ha librado una batalla. No ha dejado nada sin romper, sus figuritas de cristal que había coleccionado con mucho esfuerzo, las litografías de Goya que tanto le gustaban, las ilustraciones de Luis Royo, los cuadros con todos los miembros de su familia y la mesita de mármol sobre la que estaban. También ha destrozado el televisor y el viejo tocadiscos de su padre donde aprendió de niña a escuchar a los Beatles. Todo es ahora un amasijo de restos, un sin-recuerdo que le duele en los ojos por dentro.

Se siente vacía, sin fuerzas para derramar ni una lágrima más por la vida que se le ha hecho añicos, como los restos esparcidos por el suelo.

Antonio la coge por los hombros y le dice: “Vamos, es mejor olvidarte del piso por el momento”.

Y la arrastra con suavidad escaleras arriba, hacia la luz que brilla por encima de ellos.

 

 

Marta le devuelve la sonrisa al conserje del edificio donde se ubican las oficinas de Vitrolex, la empresa de productos aislantes que le ha ofrecido trabajo por mediación de Antonio.

Se siente feliz al volver a trabajar, se da cuenta que no es una mierda como le machacaba constantemente Pedro. Su jefe valora el trabajo que desarrolla y está muy contento con ella.

Han pasado seis meses desde la detención, en los que Marta ha sido incapaz de entrar de nuevo en el piso que compartía con Pedro. Quizá, tampoco desea dejar el piso y la compañía de Antonio. Es tan cariñoso con el bebe, y siempre se ha mostrado respetuoso con ella.

El abogado le ha comunicado, mientras le tramitaba los papeles del divorcio, que tiene que habitar el piso si no quiere perderlo. A ella le da igual, no quiere verlo, no quiere que le pase ningún dinero para el niño, quiere olvidarse de él.

En el portal de la casa, su madre la esta esperando con el niño dormido entre los brazos, la cara seria de ella le hace temer que se haya producido algún percance con el bebe y se lanza inquisitivamente hacia ella, arrebatándoselo de las manos.

Su madre la tranquiliza diciéndole que el niño está bien, que no le pasa nada. Marta le mira a los ojos y ve como rompe a llorar contándole entre hipos que tiene miedo, que Pedro ha salido de la cárcel y ha recibido una llamada suya amenazándola si no le decía donde estaban su hijo y ella. Le grita histéricamente, que ese canalla los puede matar que es capaz de cualquier cosa.

Antonio baja hasta el patio alarmado por el llanto y los gritos, y Marta le cuenta apresuradamente, con miedo en los ojos, todo lo que le ha dicho su madre, él trata de tranquilizarlas argumentando que pedirán una orden de alejamiento ahora que ha salido de la cárcel, y que no dejará que le haga ningún daño a ella o al niño.

La mujer deja de llorar, pero no le tranquilizan nada los argumentos utilizados por Antonio, que abraza cariñosamente a Marta y al niño mientras suben la escalera. “La muerte no acepta ninguna orden de alejamiento”, escucha Marta en la voz de su madre que la persigue desde el patio.

 

Es uno de esos domingos, que la niebla le proporciona con frecuencia a Zaragoza.

Antonio y Marta pasean entre la gente que como ellos, desafían el frío de diciembre apurando las últimas compras de Navidad.

Antonio lleva al niño, sujeto con un arnés entre sus brazos, mientras Marta se aferra a ellos con ternura. Su cara refleja la felicidad que la invade, y sus ojos besan los de Antonio con suavidad.

Algo le ha resultado familiar entre la gente que se cruza con ellos en el paseo, se suelta de Antonio y se vuelve creyendo ver a alguien conocido.

La cara de Pedro casi le golpea el rostro con violencia y mientras le dice ¡hola cariño!, Ella siente un pinchazo frío en el costado. Se gira para gritar pidiendo ayuda pero la noche se hace dueña de su rostro, Antonio contempla como cae de rodillas con los brazos extendidos hacia él y los ojos apagándose lentamente, como una vela.

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MADRID DE DIEZ A CINCO

Madrid de diez a cinco

Jesús Mari arrastra su cuerpo de cincuentón prematuramente ajado, recorre las callejas de La Latina con el sabor áspero en la boca del último servicio. Se siente sucio y marginal, el escaparate de un taxidermista le devuelve el reflejo y se ve acabado, como los bichos disecados que hay en él.

Sabe que no es viejo, pero en el mundillo o ambiente se le han pasado los mejores años. Sus pies le conducen maquinalmente hacia San Bernardo, todo él es una plétora de humores que pugna por escaparse de su cuerpo. Espera encontrar algún amigo con el que terminar la noche y poder regresar a casa.

Qué diferente se sabe ahora del joven aquél que recién llegado de Cáceres se adueñó de la noche madrileña, o de aquél otro que nada más aterrizar en Los Ángeles, enamoró a todos los amigos de Thomas, el americano impasible como le llamaba él, un metro ochenta y cinco de placer rubio y sin nicotina. Su amago de risa, un sonido gutural del que no ha sido consciente, le sobresalta al resonar en los muros de la Catedral de San Isidro.

Se pone al socaire del templo y enciende un Mencey con mano nerviosa, llenándose los pulmones hasta ahogar el amargor que le sube por la garganta.

Qué celoso se puso Thomas cuando, en aquella discoteca “afro” de Los Ángeles, le sacó a bailar aquel negro inmenso que frotaba su cuerpo con él como si quisiera desgastarlo. Tuvieron que emplear la fuerza para arrojar a Thomas a un callejón después de que le golpeara con un vaso en la cabeza.

Cuando él salió a la calle, se lo encontró sollozando como un niño, sentado en mitad de la calzada con la cara cubierta de suciedad y sangrándole las manos.

Al pasar por delante del Arco de Cuchilleros camino del mercado de San Miguel, sus ojos se detienen un instante en la puerta clausurada de los baños públicos, lugar que él frecuentaba en busca de compañía al venir a Madrid, cuando terminaba su jornada en el Restaurante Leonés. Sus pasos resuenan lóbregos en la noche y recupera el chispazo de miedo que sintió en la Glorieta de Los Títeres, en el Retiro, cuando tres árabes le pusieron una navaja en la garganta y después de robarle hasta los calzoncillos, se lo fueron pasando de uno a otro dejándolo medio muerto. Thomas estuvo recorriendo el parque durante un mes con una pistola en el bolsillo de la cazadora.

Le han entrado ganas de vomitar repentinamente, se pliega con brusquedad en un arco doloroso soltando apenas unas bilis amargas, sintiendo como si el estómago quisiera salirse por la boca. Su cuerpo protesta, le falta la comida y la cena que se ha saltado hoy para poder entrar en los pantalones de piel ajustados. Qué envidia siente de su amigo La Argentinita, se ha pagado un tratamiento de hormonas y tiene un tipito precioso. Los pantalones se los ha regalado él porque le van grandes, pensó que por mucho dinero que tuviese, lo cual no se ajustaba a la realidad, jamás se metería en el cuerpo esas mierdas. Lo que sí se metería ahora, es un buen bocadillo de jamón como el que preparan en ese bar de la calle Arenal.

La Argentinita tiene un novio sueco que es dueño de una compañía aseguradora, tiene mujer y dos hijos allí en Suecia, pero bebe los vientos por él y le compra todo lo que le pide. Lo tiene como un rey.

También a él, piensa, le colmaba de atenciones Thomas, cuánto añora sus grandes manos, sus labios carnosos y esos rizos dorados que le caían en la frente. Sus ojos se empañan y sus lágrimas son como las de Moisés, guijarros con los que se apedrea el corazón constantemente. Apresura el paso dejando atrás la Torre de Los Lujanes y cruza la calle Mayor, en dirección hacia la Iglesia de San Gines.

Si hubiera estado abierta, habría entrado para rezar por Thomas, por La Argentinita, por su novio, por el casero al que debe dos meses y le dice que no se preocupe, por Lina la sobrina de la portera que le baja el desayuno cuando sabe que no le queda dinero para comprar, por Charly el camarero de Azara que le pone los churros y luego no se los quiere cobrar, por toda la gente que era buena con él sin recibir nada a cambio, por los duelos y quebrantos de tía Emilia, esa fritada que hace con huevos y grosura de animales a la que añade torreznos o sesos y que le pone en un recipiente para que se la lleve a casa cada vez que la visita en Alcorcón. Pobre tía Emilia, siempre sufriendo por él, búscate una chica le decía y cásate.

En la calle Arenal, los últimos noctámbulos deambulan cerrando los bares uno tras otro, Jesús Mari ve la persiana a medio cerrar y piensa que esta noche no cenará el bocadillo de jamón. Tenía en la nevera un poco de pisto que le había bajado Lina esta mañana para comer y que no quiso tocar para poder ponerse los jodidos pantalones, se freiría unos huevos y con el pisto ya tenía la cena lista. Thomas sí que sabia cocinar, preparaba unas paellas de las que comía todo el vecindario, cualquier cosa que elaborase le daba un toque tan especial, que se pasaban hablando de la comida toda la semana esperando que Thomas les invitase de nuevo. Todos le adoraban, Doña Pura, la portera, siempre le estampaba dos sonoros besos en la cara cuando se cruzaban en el portal o la escalera, La Argentinita lo quería como si fuese el hermano que no tenía, y él siempre procuraba traerle algún disco, si era posible de tangos, cuando volvía de su viaje anual a Estados Unidos. Maldito viaje anual, ¿Por qué tuvo que ser infiel?

La sombra alargada del Monasterio de Las Descalzas Reales, le advierte que está llegando a la Plaza de Callao, y duda entre pasar por Azara para tomarse un café con Charly o girar a la izquierda para encaminarse a San Bernardo. La vacilación le dura unos segundos, los justos para ver sentado en la terraza de Callao a Narciso tomándose la penúltima copa. Piensa que la noche no está del todo perdida. Narciso es un amigo de los tiempos del Restaurante Leonés, y hasta que conoció a Thomas, solían salir juntos cuando coincidían sus días libres, lo cual no era raro ya que él era el encargado del restaurante.

Jesús Mari se acerca por detrás y le coloca suavemente una mano en el hombro. Él gira la cabeza y sus ojillos maliciosos sonríen con placer al levantarse y abrazarlo cariñosamente, su boca lasciva se detiene más de la cuenta en la de Jesús Mari hasta que éste da un ligero paso hacia atrás dejándolo fuera de distancia y separándolo cortésmente con una mano.

-¡Joder! Chusma, llevo toda la semana buscándote por el barrio y no dabas señales de vida.

Él se sienta en la terraza y levanta ligeramente la mano llamando a Damián, el camarero de Callao. Le pide un Larios con cola y mientras lo sirve se enciende un cigarrillo dejando el paquete negro y verde sobre la mesa. Después de beber un largo trago le pide a Narciso que no le llame Chusma, odia que fuera de la intimidad le pongan diminutivos a su nombre. Le comenta que ha estado vagando por la Latina, buscando a alguien que le pagase la noche.

-Mierda Jesús Mari, para eso estoy yo –le contesta Narciso- ¿por qué no me has llamado? Te habría dado lo que necesites.

Jesús Mari le explica que no quiere ningún favor ni préstamo, que él sabe buscarse la vida. Si quiere ayudarlo, le dice, que pague por estar esta noche con él y que se deje de mierdas.

A Narciso se le ensanchan las aletas de la nariz y la boca marca un rictus de enfado. Enarcando las cejas llama a Damián para pagar la cuenta. El silencio entre los dos se aguanta tenso en el tiempo mientras el camarero les cobra la nota. Después, mira con los ojos entornados a Jesús Mari y le dice: ¡Vamos!

Él se levanta perezosamente de la silla metálica y sonríe cínicamente a Narciso.

-¿Qué esperabas? Esto es Madrid de diez a cinco.

Cruzan la Gran Vía cortando por Tudescos hacia la calle de la Luna, en la que Narciso tiene un pequeño apartamento, un nidito donde lleva a los jóvenes estudiantes que encuentra por la Plaza Mayor. Caminan en silencio cruzándose breves miradas cada vez que giran alguna esquina. Jesús Mari siente que la copa no le ha caído nada bien y sus tripas se quejan airadamente.

Cuando Thomas bajó del avión demacrado y más delgado. Él ya notó que algo no marchaba bien. El silencio obstinado que mantuvo durante todo el trayecto desde el aeropuerto, no auguraba nada bueno y se volvió batalla de gritos cuando le contó que había estado con otra persona. Su rabia le hizo romper de un puñetazo el cristal de la puerta del comedor. Y, mientras Thomas le curaba la mano, contándole entre sollozos que eso no era lo peor, su mundo se vino abajo como un edificio al que le fallan los pilares.

Thomas duró apenas ocho meses, en los que él sufrió su deterioro físico día a día, el virus lo fue devorando hasta convertirlo en un saco de huesos y piel macilenta, sus análisis habían dado negativo, pero él deseó morir con Thomas, desvanecerse al mismo tiempo en la desazón egoísta de no quedarse solo.

Narciso introduce la llave en la cerradura e invita a Jesús Mari a pasar. El piso es de reducidas dimensiones, un salón, cocina y dormitorio con baño, pero está decorado con bastante gusto.

         -¿Quieres una copa? -le pregunta Narciso, y antes de que él pueda responder le coloca un vaso en la mano.

-Ponte cómodo, ahora vuelvo –le dice, y a continuación desaparece en el dormitorio dejándolo con su dolor de tripas y sus recuerdos amargos.

Parecía mentira que en aquél pequeño recipiente plateado pudiera estar Thomas, aunque casi todo él se volatilizó en el crematorio y las cenizas sólo eran los huesos calcinados y machacados. Se sintió extraño con la urna en brazos paseando por las calles de Benidorm, la última voluntad de Thomas fue, que lo paseara por ellas y que sus cenizas fuesen arrojadas al mar en la playa. Estuvo esperando a la noche para que el acto fuese íntimo, entre los dos. Él solo frente al mar, se desnudó y con la urna aferrada al pecho se fue introduciendo lentamente en el agua. Cuando ya no pudo seguir caminando, abrió el recipiente e, improvisando un baile circular, dejó que el agua se mezclase con las cenizas esparciéndolas a su alrededor.

Él se tumbó de espaldas y se abandonó a las olas para que lo meciesen entre los restos de Thomas. Los dos juntos, unidos en su último adiós. La noche era oscura y las estrellas lloraban luz en pequeñas gotas sobre el mar. Jesús Mari también lloró y se sintió uno con el mar, con las estrellas, con Thomas.

Esa noche batió su record de promiscuidad, de beber, de reír, aunque su risa histérica contenía matices de llanto ahogado. Estuvo tres días desparramando su conciencia entre los brazos de gente que hoy no recuerda, besando bocas con sabor de muerte y soledad. Al final su cuerpo maltrecho dejo de responder a los deseos de la carne y se acurrucó en un rincón esperando que pasara ella y lo llevase junto a Thomas. La Argentinita se ocupó de todo, pagó el hotel y los todos daños que había ocasionado, lo bañó y vistió metiéndolo como pudo en el autobús de vuelta a Madrid en un estado febril y cadavérico.

¿Vos os querés morir? -le había gritado La Argentinita en la cara.

-recuerda que le dijo él y no volvió a pronunciar palabra en todo el viaje.

Narciso le lanza un fajo de billetes sujeto con una gomita.

¿Tienes suficiente? -le pregunta.

Y Jesús Mari le dice que puede ir quitándose la ropa. Sus abrazos son maquinales, exentos de pasión o deseo, las arcadas y el dolor de vientre a cada embestida de Narciso van en aumento hasta volverse insoportables. Finalmente todo termina, como en un estertor, derrumbándose sobre su espalda mientras le acaricia el pecho. Jesús Mari gira sobre sí mismo quitándose de encima el peso indolente de Narciso. En dos zancadas cruza la habitación hacia el baño y, cerrando la puerta, cae de rodillas abrazando el váter con fuerza. La primera contracción le desgarra las entrañas vaciándole el cuerpo en chorros de líquido negro y apestoso, los siguientes espasmos sin apenas descanso entre ellos, le dejan vencido sobre la taza. Se levanta boqueando y temblándole las piernas, la ducha arrastra el resto del vómito y babas que tiene pegado en el cuerpo.

En el salón, cubierto por un batín de seda adamascada, Narciso se esta sirviendo un whisky de malta.

¿Te encuentras mal? -le pregunta evitando su cara.

Jesús Mari no contesta forzando a que tenga que darse la vuelta y mirarle a los ojos.

No es nada, la copa de antes no me ha sentado bien –le contesta meneando la mano en el aire.

¿Quieres comer? Hay algo de jamón en la nevera, te lo puedo preparar en un momento.

Él se sonríe pensando que, después de todo, podía terminar el día con un bocadillo de jamón.

-No, gracias, mi estómago no puede tolerar nada sólido en estos momentos, cuando llegue a casa me tomaré una taza de leche antes de acostarme.

El vaso tintinea en la mano nerviosa de Narciso mientras se acerca al sillón donde está sentado él. Aparta una mesita de madera, profusamente adornada con motivos arabescos. No sabe cómo decirle que quiere que vivan juntos, que le desea, que compartiría con él todo lo que tiene, que sería su fiel y única pareja, que cuidaría de él, que no le faltaría nada.

El aire se vuelve denso, el silencio se escapa por las rendijas de la ventana cuando Narciso se decide a declarar su pasión, su amor por él.

La histérica carcajada llena el pequeño apartamento en una ola de convulsivos semitonos. Narciso se levanta dejando caer el vaso que rápidamente empapa la alfombra amortiguando la carrera alocada de los cubitos.

Su cara es una perturbada máscara de tonos cambiantes. Grita sin pronunciar sonido. ¡No te rías! ¡No me humilles! ¡No quiero tener que matarte!. Cuando al fin expulsa su voz, ésta sale alterada en una pútrida sucesión de insultos y amenazas. Jesús Mari se pone en pie pálido, la risa se le entumece en la garganta cuando a Narciso se le escapa lo de los tres árabes en la Glorieta de los Títeres. Cuando fuera de sí, le escupe en la cara que fue por celos a Thomas, él era suyo y lo despreció por ese americano maricón y pervertido que, además, le engañaba con todo el que se ponía por delante.

Jesús Mari se lanza escaleras abajo buscando el aire fresco de la noche, sus pies tropiezan haciéndolo rodar hasta que su cabeza golpea con dureza en la puerta de la calle. Tambaleante desliza el resbalón y tiene que aferrarse a un semáforo para no derrumbarse en el pavimento. La noche está enlutada y su visión sólo distingue el resplandor tenue de las farolas, las estrellas le miran directamente a los ojos, igual que en la despedida de Thomas, en el mar, flotando inerte al ritmo de las olas. Después la oscuridad absoluta, el mar engullendo su cuerpo hacia las profundidades negras del silencio.

Narciso golpea con furia el teléfono repetidas veces antes de marcar. Se siente herido, repudiado por la única persona que él ha creído amar. En el otro lado del teléfono una voz con marcado acento árabe atiende su llamada.

Calle Espíritu Santo numero tres, sobre todo que parezca un robo, esta vez no quiero nada de sexo. En el calcetín llevará un pequeño fajo de billetes, son para ti.

Al colgar, Narciso tiene imperiosa necesidad de emborracharse hasta perder el sentido. Se sirve una más que generosa cantidad de whisky y con el vaso en la mano, cruza el salón para cerrar la puerta que Jesús Mari ha dejado abierta en su loca carrera hacia la calle.

El golpe suena como el mazazo seco de un bombo calandino, la esquina de la mesa de madera, trabajada en una bella filigrana marroquí, se hunde en su cabeza abriendo una brecha, un agujero por el que derrama su vida sobre la alfombra, empapándola, junto al vaso vacío que le ha hecho resbalar.

Jesús Mari vomita sangre, su boca se tuerce en una mueca pensando que Narciso está jodido. Recuerda los síntomas en los primeros días del virus que infecto a Thomas, las arcadas, las llagas en la boca, las manchas en la piel y ese permanente dolor de vientre. Ese cabrón tendrá su merecido.

Vacilante, sujetándose en las paredes, a duras penas puede llegar al portal de su casa, después de varios intentos la llave consigue accionar la cerradura de la puerta. El empujón le llega por sorpresa y le hace golpearse violentamente con los buzones, su cara pegada a él, la respiración entrecortada y agria le devuelven los fantasmas enterrados en el Retiro. Sólo siente un pinchazo, una punzada fría que le deja las piernas blandas. El saqueo posterior flota en una neblina delante de sus ojos. No siente las patadas ni oye la voz que se ríe pegada a su oído.

Jesús Mari solloza y siente como el valor se le va por ese agujero que tiene en el vientre. Que dirá La Argentinita cuando al bajar lo encuentre por la mañana tirado entre tanta sangre. La carcajada incipiente se le muere líquida en la boca. Mientras, por la calle de la Luna, pasea solitaria una canción del gran Sabina.

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Mi corazón apenas la recuerda

Y sé, que incluso los recuerdos pueden ser falsos…

 

El tren recorría con parsimonia el trayecto que separa Zaragoza de Cariñena. Como todos los años, el día uno de noviembre, había sacado cuatro billetes en el primer tren de la mañana, para poder desayunar en casa de mi tía Vitorina. Más tarde, bajaríamos hasta el cementerio para colocar las flores en las tumbas de mi hermana y de mis abuelos.

 

El convoy estaba compuesto de dos unidades autopropulsadas que cubrían los recorridos de cercanías. En el vagón, de asientos corridos, las plazas se distribuían de cuatro en cuatro formando pequeños mundos aparte, compartimientos abiertos que te aislaban del resto de los viajeros a pesar de poder mirarles a la cara. Al ocupar nuestros sitios, en el principio del vagón, mi mujer y mi hijo se situaron enfrente de nosotros, quedando mi hija y yo con una visión perfecta de todos los pasajeros que estaban en ese momento en la unidad.

Nada más tomar asiento, me enfrasqué en la lectura de “Las vidas de Dublín” con tanta intensidad, que el momento de iniciar el viaje me pasó completamente desapercibido. Mi hija también estaba absorta, leyendo un libro sobre Egipto, mientras mi hijo escuchaba música y mi mujer ojeaba una revista con aparente desinterés.

En uno de los vaivenes del tren, mi vista se levantó momentáneamente de la lectura y se desplazó hasta el fondo del vagón tropezando con un recuerdo enterrado hacia treinta años.

-Allí, al final del pasillo está mi madre- le dije a mi mujer, retornando a la lectura sin mostrar interés y sin que ningún atisbo de emoción aflorase en mi rostro. No fue una pose ensayada ni algo que mi mente me forzase a realizar, simplemente me invadió una indiferencia de tal magnitud, que analizándola con posterioridad, no he logrado comprender mi reacción en ese momento.

-Siempre estás con tus bromas pesadas, no tiene gracia-me contestó mi mujer mientras yo veía por encima del hombro de mi hijo como se acercaba ella hacia nuestro compartimiento.

 

Su voz sobresaltó a mi mujer e hizo que mi hija cerrase el libro sin fijar la página.

-¿Son estos mis nietos?-preguntó con esa sonrisa que guardo en el cajón más profundo de mi niñez.

Vestía totalmente de negro y el tiempo había sido generoso con su rostro y su cabello, la fotografía desdibujada que retenía en mi recuerdo fue marcando sus líneas, sus sombras, dibujando unos márgenes olvidados en el transcurso de los calendarios.

Yo hacia esfuerzos para que mi boca no emitiese ningún sonido, pero salió como una expectoración amarga, como una secreción retenida durante años en mi laringe.

-No, son mis hijos- me escuché diciéndole.

Mi mujer me miró con esos ojos tristes que ella tiene cuando alguien le da pena.

La vi alejarse por el pasillo mientras mi vista buscaba “Las vidas de Dublín” y el corazón me latía despacio, muy despacio, intentando detenerse con el tren al final de nuestro trayecto.

 

Si paso por alto los años lactantes de mi vida, en los que no tomas realmente conciencia de nada, si contabilizo el escaso tiempo que pasé con ella hasta el día de su abandono, sin mirar atrás, a escondidas, dejándome con la soledad de los doce años. Me doy cuenta que es una desconocida para mí. Un ser que anegó de lluvia las primeras noches de mi adolescencia, que me hizo crecer de un salto robándome los abrazos, antídoto de la tristeza.

Una imagen que me ha perseguido durante muchos años, era la de la carretera larga, casi sin horizonte, que llegaba a Cariñena partiendo los viñedos desde Zaragoza.

En el verano, cuando comenzaban las vacaciones escolares, mi padre me subía al tren y me mandaban a casa de mi tía en el pueblo. Yo recuerdo a mi madre, en la penumbra de su habitación, tumbada en la cama despidiéndome con cara de enferma, siempre estaba de mala gana, como si la afligiese un embarazo constante. Mi padre, con su rostro huesudo y triste, me decía que ella necesitaba tranquilidad, y que conmigo correteando por casa no la podía tener.

Me despedía en la estación con su gorra de la RENFE ladeada y el cigarrillo en la comisura de los labios. Su cara se iba difuminando entre el humo de la locomotora y las lágrimas de mis ojos.

 

Mi tía se portaba maravillosamente, ejercía de madre y me daba todo su amor, me enseñó a limpiarme los dientes y a anudarme los cordones de los zapatos. En los primeros años, cuando me veía sentado en una roca que dominaba la carretera, venia con una porción de chocolate y me enjugaba las lágrimas con su vestido, me consolaba diciéndome que ella me quería, que sólo me había separado de su lado porque necesitaba reposo.

Cuánto cariño había en sus ojos, me acariciaba el pelo y depositaba un sonoro beso en mi frente. Yo sorbía mi llanto mezclado con el dulzor del chocolate y miraba la carretera larga, muy larga, esperando ver a mi madre acercándose por ella.

 

No sé el momento exacto, pero hubo un verano que descubrí que a quién echaba de menos era a mi tía Vitorina.

Fue cuando cumplí diez años. Inesperadamente en esas vacaciones no me mandaron a Cariñena, sino a una casa de labranza entre Cetina y Ariza que poseían unos amigos de mi madre. Luego años más tarde, me enteré que habían discutido por mi causa mi madre y mi tía.

Ese tiempo que pasé rodeado de gente extraña, sin cariño, con miradas adustas, acarreando estiércol, recogiendo fruta, dando de comer a los animales, marcó el endurecimiento progresivo de mi alma y me dejó claro el concepto de amor que tenia mi madre.

 

Al año siguiente, supliqué a mi padre que me llevase a Cariñena, lloré y le dije que si me mandaba a la granja, escaparía y no me volverían a ver más. Insistí hasta conseguir mi propósito.

Fueron las mejores vacaciones de las que tengo recuerdo, mi tía lloraba en la estación cuando fue a recogerme, y mi abuela, mi dulce abuela, tenia los ojillos felices.

El último verano que ella pasó con nosotros, no fui de vacaciones al pueblo, pero no pude pasar sin acercarme algún fin de semana a ver a mi tía.

 

El tren se detuvo lentamente en el andén. Mi hija me cogió dulcemente de la mano y al mirar al fondo del vagón, comprobé que ella ya no estaba en su asiento. La claridad del día me cegó unos instantes, al abrir los ojos y al bajar al andén, mi tía nos esperaba con sus piernas torcidas y su amor en la sonrisa.

-¡Mis chicos!, ¡Cómo habéis crecido!, ¿Tenéis hambre?-Y fue repartiendo besos entre los cuatro mientras caminábamos hacia el pueblo.

-¿Sabes, tía?-le dije –he visto a mi madre en el tren-

-¿Y cómo estaba?-me contestó ella acogiéndose de mi brazo para poder andar mejor.

-No lo sé tía, si te soy sincero ha sido como una ensoñación del día de difuntos, además, mi corazón apenas la recuerda-.

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Entre Marzo cruel y Abril miedoso

Hubo un tiempo en el que mi amigo Julio y yo compartimos muchas cosas, sobre todo disfrutamos de un verano caluroso y de la alegría desbordante de nuestra juventud que lo arrollaba todo.

Trabajábamos para un tío suyo, empeñados en hacer rentable una tienda en la que no podías dar cinco pasos seguidos.

Julio era tímido, con esa timidez que dan los diecinueve años, pero cuando salíamos juntos se transformaba su carácter, se volvía más extrovertido, se sentía arropado en mi compañía. Su tío tenía un terreno en un barrio rural, todo lleno de árboles frutales, con una preciosa casa y una piscina donde llevamos un día a las chicas. Fue al comienzo del verano, cuando el aire trae ese olor dulzón y los albérchigos brillan en las ramas doblándolas con su peso. La evocación de aquel día siempre se me escapa entre los dedos, apenas guardo en la memoria una comida frugal y un baño casi inexistente, la vuelta apresurada al trabajo andando desde el barrio, tampoco contribuyó a fortalecer ese recuerdo. Lo que más vivo permanece en mí, fue la equivocación al distribuir las parejas. Parece mentira pero no sé cómo se llamaba la que me tocó a mí, una muchacha rubia de la que no he podido retener su nombre ni sus rasgos, podría averiguarlo pero me parece pueril intentarlo, sé que hablamos de algo, pero me siento culpable por no recordar ninguna de nuestras conversaciones.

 

Después del improvisado día campestre, quedamos para salir una tarde los cuatro juntos, estuvimos tomando varias copas en un garito en el que casi no nos veíamos. Al regresar hacia casa, cambiamos por un instante nuestra pareja. Mí corazón paró en seco, son esos momentos en los que percibes que té falta algo dentro del pecho, que tu vida carece de sentido sin esa persona que tienes al lado.

Beatriz era una luz que irradiaba felicidad, la conocí en un tiempo donde Escuelas Pías y Cerdán iban a tener nombre de emperador romano, sus ojos me sonreían al pasar y mi timidez impedía que de mi boca saliese ningún saludo. Pero como todas las cosas que se vuelven diarias, cotidianas, una tarde de verano vencí la vergüenza y nos saludamos, luego, día a día, creció el tiempo que le dedicábamos a nuestro saludo contándonos las cosas que queríamos que el otro supiera de nosotros. Su risa era fácil, contagiosa, tenía en el cuerpo la belleza de dieciocho rosas recién abiertas, y mis labios desearon los suyos.

Después de esa salida, las chicas perdieron interés por nosotros, nos enteramos que las dos tenían novio y nuestra relación se limitó a los saludos diarios al pasar por delante de la tienda. Pasó el tiempo y nuestras vidas cambiaron de lugar, de perspectiva, de amigos. Cuantas búsquedas y encuentros fallidos purgaron nuestra juventud. En el mes de Marzo la presiento, como se evoca a la primavera, fresca, resplandeciente, enamorada del sol y las mañanas nuevas.

 

En un tiempo pensé que ella me quería más allá del cariño apaciguado por la amistad, el corazón a veces se deja engañar, se equivoca queriendo, sufriendo, amando, latiendo locamente con desesperación.

Nuestras vidas se volvieron a encontrar dos años más tarde, cuando trabajaba en otro establecimiento. Sus continuas visitas, enredaban mi alma en un tirabuzón de sentimientos dispares, de sensaciones encontradas. La amistad enmascaró mis sentimientos hacia ella, quise ser su amigo y me perdí los otoños de tonos naranja, los inviernos de escarcha y besos pálidos, las primaveras ajenas a mí.

El mes de Marzo nos sorprendió con sus días grises y lluvias constantes, nos dimos cuenta del amor antes de que el amor nos cobrase peaje por no plegarnos a sus designios. La ciudad nos fue disolviendo entre sus calles, nos hizo peatones de lo absurdo, nos hizo mirar hacia otra parte.

 

La ceremonia se desarrolló en una pequeña ermita en el valle del río Aragón, solamente una docena de amigos estuvo con nosotros, acompañando ese momento. Pensé besarle “cosas bonitas” en la boca para olvidarnos del dolor que atenazaba su cuerpo. Unos meses antes, en el Hospital Universitario de Pamplona, le dijeron que no era operable, que se había extendido y la metástasis le alcanzaba casi toda la cabeza.

Sus ojos eran de lluvia. Las venas azuladas resaltaban en la blancura de su cuerpo. Haré fluir todo el mar desde mis ojos para anegarla con mi sufrimiento.

Después de la ceremonia, con el adiós todavía en la punta de los dedos, conduje en dirección al túnel de Somport, aferrando el volante con rabia. Beatriz me sonreía con esa palidez en los labios producto de la quimioterapia.

Iremos directamente a París, creo que le dije y ella descansó su cabeza suavemente en mi hombro. Era liviana, su peso menguado por la larga enfermedad, se había visto reducido a la mitad. Su cara, reflejada en el cristal de la ventanilla, flotaba etérea entre los pinos que pasaban raudos, como una aparición en la niebla de la montaña.

Las cumbres oscurecían la carretera, dejando pasar los rayos del sol en pequeños trechos, como focos que descubriesen de repente el vehículo e intentasen perseguirlo entre las serpenteantes curvas. Cuando alguno nos alcanzaba la luz irisaba la pelusilla en los brazos de Beatriz, que se estaba quedando adormilada por el efecto del calor. Su cabello castaño hacía tornasoles y cambiaba de color según la dirección en la que giraba.

 

Llevábamos unos kilómetros siguiendo hipnóticamente a un duende verde pintado en la parte trasera de un camión de transporte pesado. La caja era inmensa, de esas que suelen estibar contenedores en dos alturas. Ocupaba casi toda la carretera y me impedía el adelantamiento cada vez que lo intentaba. Después de varias tentativas me resigné a tener la inmensa mole pegada a mi parabrisas con el duende bailando delante de mí a 80 kilómetros por hora.

El túnel se encontraba a poca distancia delante de nosotros y al mirar un instante por el retrovisor, en una curva, divisé que nos seguían otro duende inmenso como el que llevábamos delante y una docena de vehículos más.

Cuando entramos en el túnel, Beatriz seguía dormida y su palidez se veía acentuada por la iluminación, su cara brillaba como esas muñecas de porcelana que habíamos visto en un escaparate de la ciudad.

La marcha se ralentizó y en un momento las luces rojas de todos los vehículos se encendieron tiñendo el túnel de un tono anaranjado, fantasmal. El duende empezó a frenar gritando y soltando humo por las pastillas, hasta que nos detuvimos por completo, sintonicé la emisora del túnel que sabia tenían por haberlo leído en el periódico. A la vez, por la megafonía interior nos comunicaban, que había una retención por un accidente en la boca francesa, (pensé en un chiste malo pero solo fueron unos segundos), también que apagásemos los motores para no saturar el aire del túnel. Miré hacia atrás y sin llegar a ver al conductor del otro duende, vi que estaba pegado excesivamente a nosotros casi rozando el parachoques de nuestro coche.

De repente el silencio se adueñó del túnel y los duendes apagaron sus luces laterales manteniendo las de posición. Encendí un cigarrillo e intenté volver a sintonizar alguna frecuencia para escuchar noticias, pero como antes la radio se había quedado muda, solo el refrito de la estática salía por los altavoces.

El sopor me fue venciendo, apagué el cigarrillo aplastándolo en el cenicero, como si él tuviera la culpa de aquella situación. Me quedé dormido un breve espacio de tiempo. No sabría precisar cuánto pero fue corto.

 

Desperté con suavidad a Beatriz explicándole lo que había pasado, le dije que volvía enseguida, que iba a mirar un momento en los otros coches. No sé por qué pensé en llevarme las llaves, pero me pareció ridículo.

Me encaramé en el estribo del duende que teníamos pegado en la trasera del coche, los cristales eran ahumados y no se veía nada del interior, tiré de la manilla de la puerta y noté que estaba bloqueada, di unos pequeños golpes en el cristal de la ventanilla y no respondió nadie a ellos. El siguiente coche también estaba vacío. Un matrimonio me sonrió desde una berlina que estaba detrás. Él llevaba un aparato de esos para la sordera y me dijo gritando en exceso, que cuándo íbamos a seguir, que llevábamos así tres días. Pensé que estaba loco, con una ligera palmadita en el brazo lo dejé discutiendo con su mujer, que le decía que no tenía que haber bebido agua del lavabo. Los tres coches siguientes también estaban vacíos. Una furgoneta con matrícula holandesa, con cuyos ocupantes no pude entenderme, me pedían agua ¡Water! ¡Water! Me gritaban desde las ventanillas.

Regresé al coche con Beatriz y vi que tenía la frente perlada de sudor, le cogí las manos frías como trozos de hielo y ella me regaló una de sus maravillosas sonrisas en la que deposité un beso tratando de no alarmarla. Le puse por encima una chaqueta de punto y me acerqué al camión que teníamos delante, también estaba vacío ¿Por qué no me sorprendió? En un furgón frigorífico que había a continuación, encontré una pareja que hacía el amor ruidosamente en la cabina. No me hicieron ningún caso. Los dos coches siguientes también estaban vacíos. Uno con todas las puertas abiertas tenía un capazo en el asiento posterior con un niño llorando amargamente. Le metí el chupete en la boca y cesó de llorar mamándolo con fuerza. En el coche siguiente, una pareja francesa estaba bebiendo unas latas de cerveza, el conductor un tipo grande y peludo como un oso bajó la ventanilla unos centímetros y me gritó “Merde” y continuó bebiendo y riéndose.

Volví apresuradamente a mi coche y Beatriz no estaba en él, las puertas completamente cerradas y la chaqueta de punto abandonada en el silencio, no la veía por ninguna parte. Corrí gritando su nombre hacia la entrada del túnel y nadie respondió a mi llamada. Lo intenté en la otra dirección hasta quedarme afónico y el silencio, única respuesta, fue impresionante.

Los motores arrancaron llenando con su rugido ese silencio. Regresé torpemente, esquivando los coches que empezaban a rodar y el duende que tenía delante, había reculado chafándome toda la parte del motor. El camión que tenía detrás y los demás vehículos, llenos de repente de personas que no había visto, me pasaron haciendo sonar las bocinas sin parar a interesarse por mí. Me subí en un intento inútil de ponerlo en marcha, pero el motor estaba completamente destrozado.

De repente vi pasar el rostro de Beatriz pegado al cristal de un deportivo, sus ojos me miraron vacíos, como una máscara veneciana de carnaval. Me quedé de rodillas junto al coche gritando su nombre con desesperación, pero ella ya no me podía oír.

Me volví a meter intentando como un idiota que aquel amasijo de hierros cobrase vida, seguí intentándolo una y otra vez hasta que la batería se quedó muerta.

El sueño liberó mi cuerpo desnudándolo de las cicatrices. Al despertar, me miré en el retrovisor y me vi con barba de varios días, las manos las tenía sucias y llenas de arañazos, la camisa rota y se notaba un olor a estadizo dentro del coche.

Luces, sirenas, quedé deslumbrado unos instantes mientras la Guardia Civil se fue aproximando lentamente. Se detuvieron junto a la chatarra que no se parecía en nada al vehículo con el que comencé el viaje. Me pidieron que saliera lentamente y cacheándome les conté lo sucedido en el túnel. La pareja se echó a reír diciendo que el túnel todavía estaba sin inaugurar y que no circulaba nadie por allí. Me esposaron sin dejar de reírse y sus carcajadas como una cruel realidad rompió mi cuerpo, abriéndose camino hacia mi cerebro.

Me metieron en la parte trasera del todoterreno. El rostro de Beatriz pegado al cristal flotaba etéreo entre los pinos. Mientras, empieza a llover y los cristales se llenan de pequeñas sonrisas, con los labios de ella en cada gota.

Las sirenas siguen sonando sin que nadie las persiga, las montañas testigos mudos a los que preguntar con voz de piedra, dejan escapar sus lágrimas para que Beatriz sea eterna.

 

Compartimos nuestras respectivas bodas con ilusión, la mía unos años antes que la suya. Contemple su mirada feliz al observar a mi hija con dulzura, con esos ojos en los que a veces me perdía, con esa calidez que ella ponía en todas las cosas. Algo se rompió dentro de mí, o por lo menos creo ahora que escribo esto que así fue, no podría asegurarlo.

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UNA FAMILIA UNIDA

Una familia unida

Estanis sudaba profusamente, en la solitaria sala de espera. El hospital Virgen Redentora, es una institución suburbana, en medio de un descampado donde, en un futuro político, se construirán bloques de apartamentos de protección oficial. Tiene un programa toxicológico de tratamiento con metadona, para ayudar a esos niños viejos, que cabalgan cada día a lomos de la dulce muerte.

Manoli se había puesto de parto a las dos de la madrugada. La experiencia le decía que el alumbramiento sería doloroso y muy largo, ya en los anteriores se demoró más de lo normal y por eso estaba nervioso y preocupado. Era un hombre sencillo, con todo lo que implica esa palabra, que el cielo, al que imploraba siempre, había bendecido con cuatro hijos y el que estaba en camino. Tenía una mujer hermosa que era la envidia de los chicos del tajo, siempre le decían:

Que mujer tienes Estanis-

Y él sonreía, sabiendo que el comentario llevaba implícito, una carga de burla encubierta. Todavía le asombraba el hecho, de que Manoli se hubiera fijado en él, teniendo tantos moscones con buena planta a su alrededor. Era fuerte, eso es verdad, pero escasamente alcanzaba el metro setenta de altura, lo que no era impedimento, para que sus bocas estuvieran más de una hora pegadas cuando la despedía en su portal. La espalda la tenía cargada, de los continuos esfuerzos que hacía en el trabajo. Su hijo mayor, Eliseo, decía que papá tenía una mochila pegada en la espalda y la niña de sus ojos, Dorotea, con su lengua de trapo de apenas dos añitos, que se parecía a Dumbo, por sus orejas un poco separadas. La verdad es que guapo, lo que se dice guapo, no lo era, más bien hubiera ganado un concurso de feos, de esos que ahora se llevan tanto en la televisión. Los agujeros que tenía en la cara, producidos por el acné juvenil, no contribuían demasiado a lo contrario. También estaba, esa manía suya que tanto le afeaba Manoli, la de andar a las diez y diez, con la punta de los pies hacia fuera. Pero él se sentía el ser más hermoso del universo, para qué quería ser guapo, si tenía el amor de su mujer y de sus hijos.

Había consumido casi medio paquete de tabaco, esperando que la enfermera asomase su rostro bovino, sonriente, por la puerta y le dijera que había sido niño o niña. Manoli se había mostrado tajante en eso, no quería que le hicieran una ecografía, por lo tanto sería una sorpresa.

A Estanis le daba igual, lo más importante para él, es que Manoli tuviera un buen parto. En el último, el de Dorotea, surgió alguna complicación y tuvo que estar hospitalizada varios meses. No se lo iba a pensar más, esta vez se haría la vasectomía, no quería que Manoli tuviera que pasar otra vez por este trago.

Cipri, el encargado de la obra donde trabajaba, le contó que a él se la habían hecho y que no sentía ninguna pérdida de placer o virilidad. Estanis se miró las manos callosas y duras de tanto trabajar. Manoli se quejaba últimamente mucho, que le hacia daño con ellas al abrazarla. Se dijo que esta vez se la haría.

En el calendario, había unos ojos que le miraban insistentemente, era un niño sentado en un barrizal con las manos solicitando la ayuda de alguien. Era una de esas fotografías que ilustraban la campaña contra el hambre en el tercer mundo. Como si no hubiera imágenes idénticas en el barrio donde él vivía. Al mirarlo detenidamente, se dio cuenta que hoy era once de abril, festividad de San Estanislao, su cumpleaños y si todo funcionaba bien, el último retoño que iba a tener, también compartiría la fecha con él.

Estanis echaba de menos a su hermano Elías, siempre era el primero en acudir a maternidad y compartir con ellos la felicidad por el nacimiento de sus hijos. Nunca se había perdido ninguno. Elías era su hermano pequeño, vivía con ellos desde que se vinieron de Ponferrada a buscarse la vida en la gran ciudad. Cambiaba de trabajo con tanta facilidad, como se fumaba los paquetes de “Chester”. Era un camarero bastante competente pero, como todos los de su oficio, un culo de mal asiento. Hace tres días que trabaja en la cafetería de unos grandes almacenes, porque dice que los domingos no se debía trabajar. Hasta ahora siempre lo había hecho desde que comenzó en ese oficio. Aportaba la mitad de su salario, que era bastante, para gastos en la casa y siempre tenía dinero para darles una propina a los chicos, para comprarle un pequeño detalle a Manoli, o para invitarlos cualquier domingo a comer fuera de casa. Es cierto que hacía algún que otro extra y luego estaban las propinas.

Manoli siempre le decía a Estanis:

-Tenías que ser como tu hermano, siempre tiene una caricia o un detalle con los chicos. Le adoran- Él, a pesar de hacer todas las horas extras que podía, siempre estaba a la última pregunta. Los críos destrozaban la ropa con una celeridad, que raro era el mes que no tenían que hacer algún gasto extra. Elías, sin embargo, vivía con la despreocupación propia del soltero, que no tiene cargas familiares.

El primero en conocer a Manoli fue Elías. Solían frecuentar los bailes de los barrios obreros y en uno de esos salones, Manoli y una amiga se quedaron toda la noche como pareja de baile de ellos. Como era normal en Elías, no solía hacer caso a una chica en particular y no hizo ninguna excepción con Manoli. Estuvo toda la noche bailando con una y otra indistintamente. Al acabar el baile, desapareció con la amiga de Manoli y él se quedó con ella como un pánfilo, sin saber qué hacer. Ella le hizo, un sin fin de preguntas sobre Elías y dijo que era un chico muy majo. Le contó que su padre era calefactor y que habían venido de León con su madre y un hermano mayor que ella. Se sorprendió mucho cuando se enteró de que Elías era su hermano, ella dijo que no se parecían en nada, él le contestó que sí, que formaban la pareja del bello y la bestia. Su carcajada le dolió, más de lo que Manoli pudo entrever en su mirada triste. Siempre solía llamarse feo él mismo, pero que se lo ratificasen con una risa no le gustó nada. Cuando regresó Elías, quedaron para verse el sábado siguiente, en un barrio cercano que estaba en fiestas. Cuando se quedaron a solas, Elías le contó que la amiga de Manoli era una maravilla. Se lo había subido a su casa y después de tomar unas copas y excitarlo, se acostaron.

Estanis le preguntó por Manoli y Elías mirándole socarronamente le dijo: ¿Te gusta? Pues quédatela.

Desde entonces él, no se había separado nunca de su lado.

Elías entró corriendo en la sala de maternidad y le preguntó a Estanis: ¿Ya tenemos otro? Estanis le dijo que no, que Manoli siempre había sido lenta, ya lo sabia Elías, que había asistido a todos los partos de su cuñada. Macho, le dijo Elías, ya te puedes hacer un nudo porque vamos por el quinto. Él le confesó, que había decidido hacerse la vasectomía, nada más que hubiese nacido el crío o la cría, que todavía no sabían qué era. Porque Manoli, en un ataque de cabezonería, se empeñó en que no le hiciesen ninguna ecografía.

No jodas, le gritó poniéndose en pie Elías, ni se te ocurra, que luego no te funciona bien el pito. Estanis le contó la historia de Cipri, pero Elías gritaba que estaba loco, que no sabía lo que hacía, que iba a pasarle algo si le practicaban la operación. Estanis, casi se asustó de lo fuera de sí que se puso Elías.

La verdad es que Elías quería bastante a los chavales, siempre estaba enredando con ellos. Cuando tenía fiesta en la cafetería, se los llevaba al parque y los colmaba de caprichos y golosinas. Se revolcaba en la hierba con ellos, jugaba a todos los juegos que le proponían, llegaba a casa destrozado, con la ropa hecha polvo pero feliz. La verdad es que Elías era un buen hermano.

Estanis todavía recuerda, lo pesado que se puso su hermano cuando fueron al juzgado, a ponerle el nombre al mayor. El empeñado en que, como iba a ser el padrino, tenía que llamarse Elías. Estanis, después de ser bombardeado por mil nombres, le puso Eliseo, que era lo más parecido y evitaba que Elías se saliese con la suya.

La enfermera de cara bovina, entró en la sala y le dijo a Estanis que había sido niño, que su mujer estaba bien y que podía el padre subir a verlos. Estanis le preguntó a la enfermera, si podía subir Elías, que era su hermano. La enfermera dijo que sólo el padre estaba autorizado a subir. Elías con una mueca de su cara le dio a entender que ya se las arreglaría y se perdió por el pasillo de urgencias.

Manoli estaba sonriente con su hijo en los brazos, cuando Estanis entró en la habitación. Su hijo era precioso, tenía los ojos grises de la familia, como Elías, como su padre. Lo demás era aporte genético de Manoli, su boquita, su nariz. Depositó un beso en la carita tierna y sonrosada y otro en los labios de Manoli, dándole las gracias. Estanis cogió al crío en brazos, acariciando su pelo ralo, haciendo que le tomase el dedo entre sus manitas diminutas. Comentó en voz alta que le llamarían como el santo del día. Manoli saltó enseguida, sin preguntar qué santo era el del día. Dijo, que estaba harta y no quería que le pusieran una burrada, ya tenían bastante con Eliseo, Benito, Cesáreo y Dorotea, esta vez tenían que consultarle a ella. Su opinión había que tenerla en cuenta en este tema. Estanis le contó que hoy era once de abril San Estanislao, su cumpleaños y que por eso quería ponerle el santo del día a su hijo.

Manoli miró en silencio a Estanis, mientras una lágrima se desplazó lentamente por su mejilla. Lo vio con su hijo en brazos acariciando su diminuta cabecita, con esas manos grandes, callosas del duro trabajo. Sus ojos le contemplaban tristes, profundos y ella imploró  el perdón por no acordarse de su cumpleaños. Luego mientras recuperaba a su hijo en brazos, preguntó a Estanis sin mirarle a la cara, si había venido su cuñado Elías.

El doctor Tello, le explico los diferentes análisis y pruebas que requería una vasectomía. Le dijo que podía ser reversible, que le hacían una pequeña ligazón y seccionaban el conducto seminal posteriormente, por si en un futuro quería tener más hijos. Estanis le explicó, que ya eran una familia bastante extensa, por lo que cuando antes empezaran la analítica mejor. Estanis se sometió con paciencia a las diversas pruebas, que incluían un análisis del esperma.

Manoli tenía unos dolores terribles y llamó a la doctora Rius para que la reconociera. La doctora entró en la habitación, manteniendo en la boca una semisonrisa que traía del pasillo. Su marido, le dijo a Manoli, está haciendo estragos entre las enfermeras en el pasillo.

¿Mi marido? Preguntó Manoli extrañada, mi marido está aquí conmigo.

Perdón, le dijo la doctora Rius, pero me pareció cuando entré antes que era su marido, por cómo la cogía del talle para tenderla en la cama.

Era mi cuñado, se apresuró a decir Manoli.

Vamos a ver qué es lo que le pasa, dice nerviosamente la doctora, podía salir fuera por favor, le pide a Estanis intentando que no se crucen sus miradas.

Cuando la doctora sale al pasillo, después del reconocimiento, Estanis la interroga sobre el dolor que tiene Manoli. La doctora le contesta, sin levantar la vista del expediente médico que ojea distraídamente. Tenemos que hacerle una exploración, es pronto para decirle qué es lo que le produce esos dolores, pero creo que nos hemos dejado un trozo de placenta dentro. La doctora se queda extrañada, cuando Estanis le comenta, si sería factible ligarle las trompas a su mujer. La doctora Rius, es una mujer acostumbrada a los diferentes estados de ánimo y reacciones que suelen tener los padres, en los momentos posteriores al parto. Pero cuando mira por fin a los ojos de Estanis, siente con él esa tristeza que le perfora el alma. Se da cuenta de la sobrecogedora carga que lleva sobre su curvada espalda. Ella pone su mano sobre el pecho de Estanis y marcando las palabras con su voz suave, le dice: No hay ningún problema. Todo depende de la exploración, pero si, como me temo, hay que volver a meterla al quirófano le ligaré las trompas a su mujer.

El doctor Tello no sabe cómo contarle el resultado de los análisis, da vueltas en la mano a un termómetro que amenaza con caérsele y no sabe qué hacer con él. Estanis lo mira preocupado pero no dice nada. Mire, no sé cómo se va a tomar esto, comienza diciendo el doctor Tello, pero su analítica es clara. Usted es estéril, siempre ha sido estéril y no puede fecundar, es inútil que se haga la vasectomía. Siento tener que darle esta noticia. Estanis se levanta de la silla y sin decir palabra, sale de la consulta con la cabeza baja, pensativo.

Cuando llega a casa, Manoli esta radiante amamantando a su hijo entre los brazos. ¿Qué te ha dicho el medico de los análisis?. Le pregunta sujetándose el pecho entre los dedos, para que mientras mama respire por su naricilla.

Estanis la mira como si fuese la primera vez, le dice que ha cambiado de idea y no piensa hacerse la vasectomía.

Manoli mira a Elías imperceptiblemente mientras le dice: Me parece bien cariño, era una tontería, si Dios quiere que tengamos más hijos, los tendremos.

Estanis también mira a Elías, que hace como que no se ha enterado de nada.

Estanis se sienta en su sillón preferido y Cesáreo le enseña el dibujo que han hecho hoy en el colegio. Es un dibujo de toda la familia, estaba Manoli con el bebé en brazos y él sosteniendo a Dorotea sobre sus rodillas, luego estaban delante sentados los tres chicos, Eliseo, Cesáreo y Benito. Le dijo que era para él, que lo habían hecho para el día del padre, pero no lo había terminado a tiempo. Estanis besó a su hijo en la frente, mientras Eliseo, el mayor, le acariciaba el pelo sentado en el brazo del sillón. Sus ojos contemplaron el dibujo y se sintió bien.

Podrán ser hijos de Elías, pero ninguno llevara su nombre, ni le llamaran padre y él se había encargado de que no hubiera más. Esta vez el feo se quedó con la chica. Formaban una gran familia bien avenida y total, todo se quedaba en ella.

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LA FALDITA ESCOCESA

La faldita escocesa

Apenas se dio cuenta de cómo sucedió todo. El abrazo de las losas frías recién regadas por los servicios municipales de mantenimiento. Las sirenas gritaban “Que no se muera” “Que no se muera” con su baile circular y amarillo. Una lágrima corría desde su ojo, a través de los surcos que forma la piel, al pabellón auricular de su oído, para contarle los últimos momentos, las ultimas imágenes de su vida. La gente mentía ¡Yo lo vi! ¡Yo lo vi! Y ni siquiera él se vio proyectado al vacío, impulsado a la nada desde el piso noveno de su oficina. ¡No respira! ¡Que se aparte esa gente! ¡Circulen! ¡Circulen!.

 

Aquella mañana, había amanecido como otras muchas en la rutina diaria de los últimos años, nada era diferente, tan sólo ese dolor en el pecho al sentir la ausencia en el otro lado de la cama. Se levantó espeso, con medio cerebro preocupado todavía por el porvenir de la rubia del sueño. Se olió maquinalmente el aliento en la palma de la mano y comenzó su peregrinación hacia el cuarto de baño, excursión que, según su estado de modorra, solía depararle alguna que otra sorpresa en forma de golpe contra alguno de los muebles que poblaban el trayecto.

Ya en el baño, se cepillaba enérgicamente los dientes, las encías, la lengua, hasta el esófago se hubiera cepillado de tener un cepillo lo suficientemente largo. Se duchaba con agua tibia para terminar de equilibrar su mente y a continuación emprendía el rito del afeitado: Era minucioso, sistemático, dominaba el pequeño arte de enjabonar la barba hasta conseguir que el pelo perdiese su dureza, él la tenía cerrada, de esas barbas que en las películas servían para encender fósforos. Era negra, aunque ahora ya empezaba a blanquearle levemente en la zona de la perilla. Luego con movimientos rápidos pero no exentos de control, hacía desaparecer la espuma como un prestidigitador, recogiendo hasta el último vestigio del enjabonado con un movimiento fácil de la navaja, dejando debajo la piel tersa y suave. Un perfecto afeitado, se decía él mirándose detenidamente al espejo. Después volvía a introducirse en la ducha y con detenimiento se enjabonaba todo el cuerpo. El pelo, le gustaba llevarlo un poco largo, se lo peinaba con raya en medio, desde los tiempos de la universidad, cuando conoció a Rebeca y ella le dijo que le quedaba divino. Después de diez años de matrimonio seguía peinándose como le gustaba a Rebeca.

Elegía la corbata con sumo detalle, buscaba que hiciese juego con la camisa que le tocaba llevar ese día. El domingo las colocaba todas encima de la cama e iba seleccionando una para cada día de la semana. Después de anudársela perfectamente al cuello cogía su maletín y bajaba en silencio las escaleras de su casa. Siempre le habían molestado los espacios cerrados y el ascensor sólo lo cogía cuando no tenía otra alternativa.

 

En la puerta, se cruzan con él un pequeño grupo de niñas del cercano colegio de las Redentoras del Sagrado Corazón. Le miran al pasar y cuchichean entre ellas tapándose la boca con la mano, soltando pequeñas risitas histéricas. En ese momento, le viene a la mente la dulce sonrisa de Paloma y como su vida se convirtió en un inmenso tobogán sin fin.

La conoció un día como hoy al salir de casa, cuando las niñas acudían en grupos de diferentes edades al colegio, gritando y llenando la plaza de sus voces juveniles. Ella había resbalado en la fuente de los mil cisnes al intentar beber agua con la mano. Él se acercó corriendo para ayudarla a salir y ella instintivamente se colgó de su cuello para levantarse. Fue una sensación extraña de ternura. Su voz quería decir algo pero su boca parecía cosida y su lengua un fragmento de corcho sin movilidad.

 

Gracias señor– le dijo Paloma mirándole desde sus tremendos ojos verdes soñadores e infantiles.

-¿Te has hecho daño?

Recuerda haberle preguntado.

-No, pero ahora no puedo ir al colegio así mojada.

-No te preocupes, te acompaño a tu casa y te cambias-

Se escuchó diciendo estas palabras arrepentido al instante de haberlas dicho. Recogió los libros, forrados con los rostros de los múltiples ídolos juveniles, que estaban apilados junto a la fuente y se encaminó hacia su coche que tenía aparcado en la esquina.

-Señor, le voy a mojar el asiento-

-Espera un momento- Le dijo abriendo el maletero y cogiendo una manta de viaje que siempre llevaba para alguna emergencia.-Ya está-

La miró extendiéndola en el asiento mientras colocaba su maletín en la parte de atrás.

Paloma, que así se llamaba por una tía suya que había tomado los hábitos en Ávila, se sentó manteniendo la falda, escolar de cuadritos escoceses, ahuecada entre las manos para que no le mojase las piernas. Él perdió su vista por unos instantes en la zona superior de las rodillas. Azorado por ese pensamiento, sintió como la sangre se le agolpaba en la parte superior de las orejas. Condujo en silencio lentamente por las calles adyacentes, siguiendo las indicaciones que Paloma le transmitía con su mano de dedos finos y uñas excesivamente cortas, hasta unas casas de dos plantas que jalonaban la Avenida de Las Acacias, muy cercana a donde él vivía. Ella bajó del coche y sin decir nada entró corriendo en la casa desapareciendo detrás de una doble puerta de color verde. Él se quedó esperándola en el coche, contemplando el jardín que se veía cuidado. En un extremo habían colocado un balancín, de esos con rayas azules y blancas, donde a él le hubiera gustado sentarse a beber una limonada al terminar de consumirse el día. Las ventanas estaban adornadas con unas verjas de estilo andaluz, de las que colgaban un amplio repertorio de flores y plantas. Su mano acarició el asiento donde todavía permanecía el calor del cuerpo de Paloma. Retiró rápidamente la manta y con un movimiento brusco la lanzó a los asientos posteriores. Golpeó con furia el volante, se sentía estúpido allí sentado, esperando a una niña que despertaba en él esos sentimientos, esa sensación ya olvidada, que le hacía parecer a ese joven tímido e inseguro que no se atrevía a darle la mano a Rebeca. Se sintió miserable, un cerdo inmundo. Hasta que apareció Paloma.

 

El ascensor lo envolvía con su luz mortecina e intermitente. Siempre le angustiaban los sitios cerrados y estrechos, desde que de niño, en el colegio, su amigo Joaquín le había encerrado con llave en el armario de Don José, el profesor de quinto. Entonces estuvo tres horas encerrado en un compartimiento donde la barbilla tenía que tenerla pegada a las rodillas. Cuando lo sacaron sin conocimiento tardó más de un mes en recuperarse, el fluorescente medio fundido no ayudaba en absoluto a calmar su fobia. Trató mientras concluía el tormento, de recordar el beso que ella había colocado en su mejilla. Cuando la acompañó por primera vez al colegio, al bajarse del coche, con la mano atrajo su cara hacia ella y lo besó con dulzura, abriendo levemente los labios. Fue como un chispazo eléctrico que le recorrió toda la médula y le dejó blandas las piernas.

Bárbara lo recibió en la oficina con unos lacónicos buenos días, que sonaron a reproche. Paloma había ido una vez a buscarlo a la oficina, con su faldita escocesa de colegiala, sus libros y esos profundos ojos verdes. Bárbara le había preguntado.

-¿A quién buscas pequeña?-

Le contestó con otra pregunta -¿Está Javier?- Y su voz cálida se filtró por toda la oficina erizándole la piel del cuello. Él salió para evitar que Bárbara le siguiera preguntando y la hizo pasar a su despacho. Desde entonces siempre le da unos fríos buenos días cuando llega a la oficina. Por otro lado es comprensible, ella y Rebeca compartieron pupitre, cama y novios en Las Adoratrices.

 

Intentaba concentrarse en la póliza de un cliente que tenía que terminar para hoy, pero su vista se pierde más allá de la ventana, en la gente que pasea por la calle contemplando distraída los escaparates, en los coches que circulan con una lentitud exasperante. Él está sentado en el suyo, esperando la hora en la que salen en tropel multitud de niñas, rubias, morenas, pelirrojas, chillonas, calladas, envuelven el aire con sus conversaciones, lo saturan todo con sus risas. En medio de esa algarabía, en un grupito ve a Paloma, con sus rizos dorados por el sol de la tarde y su blusa blanca ciñendo sus incipientes senos. No se atreve a llamar su atención y se pierde riendo calle abajo, coreada por las voces alegres de sus compañeras.

-Señor Calvo, el director ha preguntado por la póliza de Industrias Lasa-

Bárbara le ha vuelto a sorprender soñando con los ojos abiertos, odia esa sonrisa cínica suya, cuando le mira como diciéndole, no ves que sé en lo que estas pensando.

Él respira profundamente y su voz oscura sale agotada.

-Dígale que no está, que se la pasaré más tarde y no me interrumpa más por favor, no estoy para nadie, he salido a un asunto personal, estoy malo, me he suicidado, dígales lo que quiera pero no me moleste-

Bárbara contesta subiendo el tono por encima de lo que seria aconsejable. –Vale, vale, pero no se enfade conmigo, todos sabemos el motivo por el que va usted tan atrasado en su trabajo y como comprenderá yo no tengo la culpa. Sus palabras han salido masticadas con rabia y rencor, tratando de hacer el mayor daño posible.

Bárbara sale levantando levemente la barbilla en un claro gesto de desprecio y dando un fuerte golpe a la puerta cuando la cierra.

 

Estuvo dando vueltas durante horas, pasando cada cierto tiempo por la casa de la puerta verde en la Avenida de Las Acacias, deteniéndose y contemplándola esperanzado por ver a Paloma y a la vez temiendo que esto sucediera.

-Hola-

La cabeza de Paloma aparece radiante por la ventanilla del coche.

-Le vi ayer aparcado en la puerta del colegio cuando salí de las clases, quise acercarme para darle las gracias pero iba con unas amigas, entre ellas Olga su vecina, y pensé que no le parecería bien-

-No me trates de usted-

Le dice, todavía sorprendido por su repentina aparición

-Me llamo Javier-

Ella abre la puerta y se sienta a su lado con su faldita escocesa de colegiala.

-Me llevas a dar una vuelta-

Le dice mientras busca una emisora de música en la radio.

-¿No te esperan en casa?-.

-No, he dicho que me quedaba a comer en casa de una amiga, la que me dijo que te llamabas Javier, vive en el mismo edificio que tú-

Arranca el coche sin saber a donde dirigirse, pero con la certeza de que mañana será un túnel largo, oscuro y sombrío donde la única luz  será Paloma. La contempla sentada a su lado, con su olor a lavanda canturreando una canción de moda que suena en la radio. Sus brazos tienen esa pelusa rubia como los melocotones recién cogidos, tiene unos labios bondadosos, que dan a su cara un efecto de más edad. No sabe qué decir, su corazón cabalga salvajemente, pero su boca no puede articular ninguna palabra. Ella se mueve al compás de la música, canta, tiene toda la vida por delante.

-Podíamos ir a comer a la sierra-

Sus palabras son como un latigazo que le abre surcos de angustia en el alma

-Conozco un lugar donde fuimos de excursión con la clase de Naturaleza. Tiene un mirador muy bonito desde donde se contempla toda la ciudad y un parador donde podemos descansar y comprar la comida-.

 

El teléfono suena dos veces antes de que Bárbara oprima el botón para cortar la llamada a su despacho. Quizá sea el jefe preguntando por esa condenada póliza que se siente incapaz de terminar. No puede pensar en nada que no sea ella. Ese jodido y condenado dolor por su ausencia, todavía siente el cuerpo de ella aferrado al suyo y ve el miedo en sus ojos, la ignorancia de su primer amor, todo pasa muy rápido, luego las preguntas de ella, su cuerpo desnudo, infantil.

Ayer le dijo Rebeca llena de violencia, con las lágrimas en el borde de los ojos:

-Como has podido humillarme de esa manera, todos los vecinos saben ya lo de tu aventura con una niña, se comenta en el mercado, en la panadería, hasta en el despacho lo comentaban en voz baja todas las secretarias, mirándome con lastima. Podía ser tu hija-

Y él, en una muestra más de su crueldad no ensayada, recurre a algo que a ella le duele en lo más profundo y le contesta

-Pero no es mi hija y la quiero-

Su contestación le llega cargada de amargura y no sabe por qué, casi desea que sea violenta.

-Como comprenderás, no puedo seguir viviendo bajo el mismo techo contigo, eres un cabrón despreciable-

Anoche cuando él llegó a casa, todas sus cosas comunes estaban rotas y apiladas en el salón, infinidad de fotografías a las que le faltaba una cara o dos, el televisor, el equipo de música, su colección de copas de cerveza, los libros que compartían, su amor. Dejó un sobre pegado con cinta aislante en el espejo del recibidor, en él decía que todos sus trajes, eran ahora de manga corta y acababa con un escueto, te acordarás hijoputa.

 

El intercomunicador suelta un sonido estridente, que le obliga a pulsarlo para que se calle. La voz de Bárbara suena más chillona si eso es posible, cuando sale de la pequeña caja plateada.

-Señor Calvo, aquí fuera hay dos señores que dicen ser de la policía y quieren hablar con usted-.

 

No sabía por qué, pero no se extraño de esta visita, nunca existió futuro para ellos. Se levantó pausadamente de la mesa y se quedó mirando fijamente a través de la ventana. El día era gris pero tal vez fuera porque el sol no había cogido suficiente fuerza a esa hora de la mañana. Abrió la ventana para respirar el aire fresco sin viciar, diferente del acondicionado de la oficina. Tal vez Paloma estuviese pensando en él en ese momento. Pensó que para tener valor, hace falta ser muy cobarde.

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