Archive for 31 julio 2012

Foto By Joaquin Pintanel

MEMORIA

He perdido el olvido recordando el pasado contigo,
mis sueños se despertaron sin avisar, con un portazo
que levanta los papeles amarillos de la memoria,
todo es pudo ser tenia que haber sido
cuando lo que esperaba es el verbo ser
en estado posesivo. Siempre contigo.

He perdido mis palabras, mis bellas nocturnidades
colocadas como puntales sujetando el corazón.

He perdido mi voz, tu voz, la voz
que ya no grita soledades de silencio
cuando el presente se convierte en olvido,
cuando soy, eres, somos

una triste tentativa de recordar quienes fuimos.

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Photo Credit: Joaquin Pintanel

COMBATIENDO LA VIDA

Estoy combatiendo la vida.
Utilizo la munición jerárquica de las palabras
desde la trinchera-hospicio
desde el atril desolado del miedo.

Estoy combatiendo la vida.
Combatiendo la nada.

Es la guerra perdida en la lucha,
la batalla cruenta de los sables,
la herida mortal donde la vida nace.

Estoy combatiendo la vida.
Los cañonazos sordos de mis versos
despojan de pétalos las risas,
despojan de ruidos los silencios.

La lengua acuchilla, cercena,
desparrama sus gritos de soldado
en un campo de batalla sin metralla.

Estoy combatiendo la vida.
Combatiendo la nada.

Mis heridas cantan himnos marciales
y acallo sus voces con banderas blancas.

Nada puede sobrevivir a la vida
ni siquiera el canto silencioso de la muerte.

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ESPEJO DEL FINAL

Perdonadme si me despojo
de mi primer nacimiento,
pero un augurio de exilio enmascarado,
ha decidido vestirme con su disfraz
de cotidiano silencio,
sintiendo que en los párpados
se me muere la voz.

Tenéis que pensar que regresarán
mariposas con viento en las antenas,
que agitarán sus filamentos de seda
acribilladas por agujas de infancia,
y que en los hospitales de adiós,
un olor de gangrena
nos traicionará en los labios.

De dónde naceremos nuevamente,
qué cruel geografía se concatenó
en torno a las tapias de nuestras calles.

Seremos nosotros los agriones,
las libélulas lunares que pululan
en los epílogos del amanecer,
o quizá los emigrantes del polvo
que como alcotanes voraces adulan al sol.

Sólo sé que los sueños se me encogen,
que ocupo un espacio predestinado
a las gargantas con vocabulario de arena,
a las puñaladas con futuro de títere,
a los azules versos de cristal.

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RECIPROCIDAD

 

Cuando nos alcance

la circunferencia blanca

de la noche,

cuando despertemos suspendidos

en una atmósfera de guillotinas,

de teclas, de bolígrafos,

y sientan nuestras pupilas

que una opresión

de cuadernos ajados,

nos impide rompernos

en los labios de la muerte.

Cuando repasemos los cristales

con sombras de torpe saludo,

los diafragmas que se enredan

en las cuencas ausentes de nuestros ojos,

los atardeceres con llagas

y pústulas de vidrio.

Todos los disfraces de soledad.

Cuando estemos

repitiendo el diálogo

con las hojas que marchitas,

se desprenden en recuerdos

de nuestras cejas,

entonces os pediré

una caligrafía de voces

con rabia requerida desde mi frente,

con densidad acumulada

en las páginas de mi nacimiento.

Porque siento que la noche me circunda

con una sed que se aferra

a los poros de mis labios,

con un estéril repique de trazos

en el pabellón de los silencios,

con goteras de sangre

en el techo de mis dedos.

Porque sé que estoy destinado

al aluvión de cicatrices,

a la cólera extirpada en los riñones,

a esa lluvia de metáforas

compañeras de mi hambre.

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PUÑAL DE SILENCIOS

 

Pero tu gran tristeza se irá con las estrellas,

Como una estrella digna de herirlas y eclipsarlas.

(F.G.Lorca)

Tengo tanta soledad

aferrada al polvo de mis ojos,

tantas máscaras de teatro

con risas alineadas al silencio,

tanta ignorancia de amor,

niñez, o beso de llanto roto,

tanto miedo de tu alma.

Tengo muchas rosas

navegando entre la sangre,

muchos subterráneos

embutidos en mis piernas,

muchas doncellas vírgenes.

Blancas.

De teatro.

Tengo tanto viento entre los labios.

Y es que es preciso

arrancarnos el pulso de repente,

abrir los ojos

y llenarnos de estatura,

saber que gimen

los tejados al mirarnos,

aunque siempre se vistan

de gotas inocentes.

Y siento tantos puñales en la herida.

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EL ES JAVIER

#FF @cchurruca

 

El followfriday de esta semana, es para mi amigo Javier. La verdad, me gustaría que os tomarais el tiempo de leerlo detenidamente y así disfrutar como yo y asimilar sus palabras.

Como decía Ernesto Sabato, no sé si con estas mismas palabras u otras similares, si me equivoco y no son literales perdón de antemano pero lo que importa es el contenido.

“La diferencia entre un escritor que crea un personaje de locura y un verdadero loco está en que el escritor siempre puede volver de la locura.” O casi siempre añado yo.

Entre el relato y la vida existe la misma diferencia que entre el sueño y la falta de el. No existe ninguna diferencia entre Javier y el personaje humano que nos dibuja su escritura, el no disfraza la realidad, sino que la atempera dotándola de esa palabra exacta en el momento justo.

Javier es como ese fino navegar de los veleros bien diseñados, cortando el agua de la rutina diaria con su proa a 140 nudos de palabras sabias y acertadas. Ser seguidor de Javier, es situarse en lo más alto del mástil de su velero contemplando los cielos pasar raudos a través de sus tuits.

Recuerdo esos días duros, en los que un mal desconocido vencía mis nervios y abatía mi espíritu, su voz o sus palabras, que para mi son lo mismo, fueron ese calor que destierra el invierno más crudo de las dudas.

Como escribió Beaudelaire, o casi parecido. Je te donne ces vers afin que si mon nom aborde heureusement aux époques lointaines, et fait rêver un soir les cervelles humaines, vaisseau favorisé par un grand aquilon, ta mémoire, pareille aux fables incertaines, fatigue le lecteur ainsi qu´un tympanon, et par un fraternel et mystique chainon reste comme pendue a mes rimes hautaines.”

Delante de mi van estos ojos llenos de días, que tal vez su luz la oscuridad venzan, pero no el anhelo de leer a Javier cada día.

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EL CONGUITO

EL CONGUITO

Es uno de esos recuerdos que se quedan marcados en tu pasado esperando reactivarse cuando el momento o la situación lo requiera. Hay pocas sensaciones tan angustiosas como la que se experimenta con la claustrofobia. Yo había tenido varias experiencias de quedarme encerrado en sitios pequeños y con mala ventilación, pero creo que superé esas pruebas con una buena nota

Era a comienzos de otoño de 1975. El frío no era excesivo pero delataba nuestra agitada respiración convirtiéndola en columnas de humo que ascendían desde nuestras bocas hasta el techo que formaban las frondosas ramas de los árboles. El teniente Jambrina, un guerrillero fibroso y duro estaba empeñado esta mañana en hacernos vomitar el desayuno de todo el mes. Su ritmo era agotador, llevábamos más de una hora trotando detrás de él por el parque del Oeste. La pequeña mochila de combate se nos clavaba en la espalda con cada zancada que dábamos, la boina verde toda cubierta de sudor recalentaba nuestras cabezas y los brazos, los teníamos completamente agarrotados por el peso del mosquetón. No dejaba de ser una situación un poco ridícula que llamaba la atención de los pocos locos que se aventuraban en el parque a las siete de la mañana.

Quisiera hacer una aclaración sobre el maravilloso fusil que utilizábamos para las tablas de combate y la instrucción de carrera con armamento. Era un Máuser de cerrojo que disponía de un cargador de peine con cinco disparos, se remontaba a finales de la guerra civil y habían sido retirados todos los cerrojos y peines con munición y su cañón estaba repleto de cemento para su inutilización como arma de tiro. El peso adicional que soportábamos después de correr tanto tiempo con el, convertía nuestros brazos en bloques tan duros como el cemento que llevaba en su interior.

Cuando el teniente se detuvo en un claro del parque, algunos compañeros respiraron aliviados pensando que lo más duro estaba superado. Que poco conocían al teniente Jambrina. Nos hizo formar y nos sometió al tercer grado de la instrucción táctica y física, flexiones, volteretas, saltos desde vehículos en marcha, defensa personal, tablas de combate y cuando nos tuvo bien maduros, nos anunció que hoy nos tocaba pasar la prueba de el conguito. Para los más nuevos la palabra les sonaba amable pero los que llevábamos algún tiempo, a pesar de no haberlo pasado, sabíamos la dureza del maldito agujero por nuestros veteranos.

Mientras el teniente preparaba la prueba, aproveché para sacarme la bota y comprobé que tenia toda la planta del pie llena de sangre, me quité los calcetines y aplique a mis plantas todo el yodo que llevaba en el botiquín individual. Utilice también las dos vendas que contenía para envolver mis maltrechos pies, después busqué en mi mochila un par de calcetines de algodón nuevos, que había metido para pasar la prueba del grosor, y me los puse ajustando mi bota sobre ellos.

La prueba del grosor, era una manera de evitar que las mochilas de combate estuvieran vacías cuando hacíamos ejercicio con ellas. El sargento Rando las comprobaba una a una estrujándolas y haciendo que pasaran por un aro metálico que teníamos en la compañía de unas dimensiones calculadas. Si algún guerrillero no pasaba la prueba del grosor el sargento Rando se cebaba con el llenando su mochila hasta reventar.

El teniente Jambrina se anudo la cuerda alrededor de la cintura y se lanzó dentro del agujero bajando por la caja de entrada de la tubería cargado con su mochila y un mosquetón. El conguito era un tubo de una anchura reducida por la que penosamente se podía arrastrar un hombre, media 1.650 metros de longitud y estaba hundido en la tierra a unos tres metros de profundidad. Disponía de dos cajas de acceso a ambos lados, cubiertas por unas tapas de alcantarilla. Cuando el teniente desapareció por la tubería, el sargento ató el otro extremo de la cuerda en el escalón y cerró la caja con la tapa metálica. Todos permanecimos en silencio contemplando la boca cerrada por donde debía de aparecer el teniente, el golpe seco nos sobresaltó a todos, uno de los mosquetones había caído sobre la tierra compacta resbalando de las manos de uno de los nuevos. Las miradas giraron al unísono buscando al culpable pero no se oyó ninguna palabra de recriminación. Nuestros ojos volvieron de nuevo a la tapa redonda sintiendo como el tiempo pasaba lentamente, deteniendo incluso el sonido del aire. El ruido del metal al ser golpeado, volvió a lanzar el ritmo de las cosas y a poner nuestros cuerpos en movimiento. El sargento destapó la salida del conguito, y por ella emergió el teniente Jambrina envuelto en una patina de sudor mezclada con tierra. Salió del pozo rechazando la ayuda que le tendía el sargento y lanzó su mosquetón con una mano, haciendo gala de su fuerza, hacia el guerrillero que tenia más cercano.

-¡Ahora vosotros!. Y no quiero que tardéis tanto tiempo como yo. –Dijo el teniente desatándose la cuerda de la cintura.

-Quítate la mochila e introdúcela delante de ti y la vas empujando con el mosquetón conforme gateas por la tubería. –Le iba explicando el sargento a un compañero de Navarra con la nariz chata y partida como los boxeadores mientras le anudaba la cuerda al cinturón.

La tapa volvió a cerrarse con un estruendo ensordecedor, y todos volvimos a guardar silencio esperando la salida del compañero. Esta vez, el sargento había pasado la cuerda por un agujero que tenia la tapa y la mantenía en tensión mirando como desaparecía poco a poco en el interior del conguito. Cuando habían transcurrido varios minutos, la cuerda se detuvo y ceso todo movimiento, todo ruido. Dos sacudidas violentas tiraron del sargento hacia la tapa metálica y a requerimiento suyo jalamos de la cuerda hasta sacar al navarro sin conocimiento del agujero. El navarro era un mocetón de un metro ochenta y cinco de altura y más de cien kilos de peso, con lo que nos costo bastante izarlo desde el fondo de la caja.

El teniente se aplicó a su recuperación mientras ordenaba al sargento:

-Venga el siguiente, quiero que pasen todos por el tubo. –Y continuo atendiendo al navarro.

El siguiente en el turno era yo, y mientras me anudaban la cuerda alrededor de la cintura las palabras del sargento eran gritos lejanos que apenas llegaban a mis oídos, me imaginé que me estaría diciendo los mismos consejos que utilizó con el navarro y me despoje de la mochila lanzándola dentro de la caja y bajando por los peldaños metálicos. Introduje la mochila en el tubo estrecho y oscuro y le di un primer empujón con el mosquetón. La tapa se cerro ensordeciendo mis oídos y dejando en tinieblas todo a mi alrededor, gatee hasta que mi cabeza tropezó con la mochila y volví a empujarla con el mosquetón. Mi cuerpo rompió a sudar y el aire penetraba con dificultad en mis pulmones, seguí gateando y empujando la mochila hasta que apenas pude levantar el mosquetón del suelo. Mi cara chorreaba sudor y la angustia empezó a atenazarme, busque a tientas la cuerda alrededor de mi cintura y sentí la tentación de tirar con fuerza de ella para que me sacaran de allí y poder respirar aire fresco. Parecía que llevaba horas arrastrándome por el estrecho tubo que comprimía mis hombros y me impedía mirar hacia atrás, a oscuras busque de nuevo la mochila para empujarla hacia delante, mi mano se apoyo encima de ella cediendo y permitiendo por el pequeño hueco que una claridad pasase hasta mí. Era el botiquín individual y los calcetines que había utilizado en la cura de mis pies, lo que al faltar había propiciado que el volumen de mi mochila fuese inferior al diámetro del conguito y así pudiera ver la claridad del otro lado. Todo cambio en ese momento, el gatear por el tubo empujando la mochila me pareció un juego de niños y aceleré mi marcha para acabar lo antes posible. Golpee dos veces fuertemente con el fusil la tapa metálica y al abrirse salí con el mosquetón en alto gritando como un energúmeno para liberar la tensión acumulada. Los compañeros riendo se acercaron a felicitarme por haber pasado la prueba, y yo mirando hacia donde estaba el teniente, vi al navarro más pequeño de lo que lo había visto en todo el tiempo que llevábamos juntos, y no pude festejar con alegría mi hazaña. En el fondo supe en aquel momento y todavía sé hoy que fui el único que no paso aquella prueba. Los demás compañeros fueron pasando uno a uno y algunos no lo consiguieron pero eso ya no tuvo ninguna importancia.

Años después, cuando fui yo el que corría al frente de la compañía por los montes de Colmenar Viejo, siempre era el primero en pasar el conguito, sin cuerda, y con la mochila repleta de sueños.

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